sábado, 4 julio, 2026

La complejidad de la situación de calle: más allá de los paradores

Un análisis sobre las dificultades para abordar la problemática de las personas en situación de calle en la Ciudad de Buenos Aires, basado en la experiencia de trabajo comunitario.

Hace unos días circuló un video del jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Macri, en el que hacía referencia a las personas en situación de calle y al trabajo que realizan las iglesias. Después se explicó que el video estaba recortado y que su planteo apuntaba a la necesidad de que quienes viven en la calle acepten ir a los paradores (Centros de Inclusión Social). Más allá de la polémica, el episodio deja al descubierto lo complejo que resulta comprender esta realidad.

Desde afuera es fácil pensar que, si una persona tiene la posibilidad de dormir bajo un techo y en un lugar calefaccionado, debería aceptar inmediatamente esa propuesta. Pero la población en situación de calle está lejos de ser homogénea. Detrás de cada persona hay una historia distinta y, muchas veces, problemas mucho más profundos que la falta de una vivienda.

Muchos atraviesan consumos problemáticos de drogas o alcohol. Otros padecen enfermedades de salud mental que dificultan sostener una convivencia o aceptar determinadas normas de un parador. Hay personas que, décadas atrás, probablemente hubieran estado internadas en hospitales psiquiátricos y que hoy sobreviven en la calle.

La experiencia con esta problemática comenzó durante la crisis de 2001. En la parroquia San Nicolás de Bari empezamos a salir tres veces por semana con un grupo de voluntarios para llevar comida caliente a quienes dormían en la calle. Pronto comprendimos que muchas de esas personas no querían ir al comedor parroquial. Habían encontrado un rincón donde pasar la noche y no estaban dispuestas a abandonarlo.

También descubrimos que la comida era importante, pero no era lo único que necesitaban. Lo más valioso era que alguien se detuviera unos minutos a conversar. Quienes vivimos en la ciudad solemos pasar delante de las personas en situación de calle como si fueran parte del paisaje. Las vemos todos los días, pero rara vez les preguntamos su nombre o conocemos su historia.

Ese espíritu continúa hoy en la Pastoral Universitaria. Todos los lunes por la noche un grupo de jóvenes sale por las calles de Recoleta llevando algo para comer y para tomar. Pero lo más importante es detenerse a conversar, escuchar, preguntar cómo están, hacerles sentir que alguien los reconoce como personas.

Es cierto que la calle no es un lugar para vivir. Pero también es cierto que el problema no se resuelve únicamente con ofrecer un parador. Hace pocos días estuve en Ginebra participando de la Conferencia anual de la Organización Internacional del Trabajo. Me sorprendió encontrar personas durmiendo en la calle en una ciudad impecable, donde todo parece funcionar perfectamente. Lo mismo ocurre en Nueva York y en tantas otras capitales del mundo.

Las parroquias hacen lo que pueden. Algunas ofrecen duchas para que las personas puedan higienizarse y cambiarse de ropa. Otras sostienen comedores o espacios de escucha. No fomentan que alguien permanezca en la calle. Simplemente intentan aliviar el sufrimiento de quien tiene hambre, frío o una profunda soledad.

El Evangelio es muy claro al respecto. En el capítulo 25 de San Mateo, Jesús describe el juicio final diciendo: “Tuve hambre y me diste de comer; tuve sed y me diste de beber; era forastero y me recibiste”. Cuando los justos le preguntan cuándo había sucedido eso, Él responde: “Cada vez que lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”.

Quizás allí esté la enseñanza más profunda. Antes de preguntarnos cómo resolver un problema tan complejo, deberíamos empezar por no dejar de ver a la persona que tenemos delante. Porque ninguna política pública, por necesaria que sea, podrá reemplazar el gesto sencillo de detenerse, escuchar y reconocer la dignidad de quien muchas veces siente que el mundo entero ya pasó de largo.

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