La food stylist Marta Muñoz-Calero, con más de dos décadas de experiencia en campañas publicitarias, explica cómo se preparan los alimentos para que luzcan apetecibles ante la cámara y los desafíos técnicos que implica cada toma.
Buenos Aires – La food stylist Marta Muñoz-Calero, periodista de formación, lleva más de veinte años colaborando con agencias y marcas nacionales e internacionales para que los alimentos luzcan apetecibles en campañas publicitarias. En una entrevista, explicó que su trabajo combina cocina, dirección de arte y un conocimiento preciso del comportamiento de cada producto.
“La gente piensa que nosotros fotografiamos alimentos, pero yo creo que fotografiamos deseos”, afirmó Muñoz-Calero. “Nadie compra una hamburguesa porque vea pan, carne y queso, sino porque durante un instante puede imaginar cómo va a ser morderla. Nuestro trabajo consiste en construir esa emoción y traducir una idea en un alimento real”.
El proceso comienza con el estudio del briefing de la campaña, el análisis del producto y la emoción que se quiere transmitir. Luego se seleccionan ingredientes, se desarrollan recetas específicas para cámara y se definen los comportamientos de cada elemento. Durante el rodaje, la comida cambia minuto a minuto, por lo que se requieren ajustes constantes.
Una fotografía puede requerir entre una y varias horas de preparación, y un plano de vídeo de tres segundos puede llevar media jornada. “El espectador ve naturalidad, pero detrás suele haber cientos de pequeñas decisiones para que todo parezca espontáneo”, explicó.
Muñoz-Calero señaló que no existen alimentos difíciles en sí mismos, sino alimentos con una “ventana de belleza” corta. El helado se derrite, la ensalada pierde turgencia, el aguacate se oxida, el soufflé baja al salir del horno y las salsas emulsionadas se separan con el tiempo. También mencionó que la carne pierde brillo al enfriarse, el pescado puede resecarse y el pan cambia de textura al dejar de estar recién horneado.
Para lograr la gota de kétchup perfecta o el queso que se funde en el momento exacto, se requiere preparación y repetición. “La gota tiene que tener la viscosidad adecuada, el queso, la temperatura exacta para que aguante, y la carne, un punto de cocción muy controlado, casi cruda en su interior, para que no encoja”, detalló.
La profesional recordó una campaña en la que necesitaban que una hamburguesa diera una vuelta en el aire y aterrizara sobre la parrilla sin desmontarse. “Tuvimos que construir la hamburguesa con una estructura interna de alambre y pequeños contrapesos para que mantuviera el equilibrio durante el vuelo y pudiera repetir la acción”, relató. El plano final duró dos segundos, pero requirió horas de pruebas y treinta hamburguesas.
Consultada sobre si el trabajo con comida le genera hambre, respondió: “Sí, muchísimo. Pasarte diez horas rodeada de hamburguesas, pizzas, patatas recién hechas o postres espectaculares es una auténtica prueba de fuerza de voluntad”. Añadió que durante la sesión llega un momento en el que la comida se convierte en trabajo: “Ya no piensas ‘qué buena pinta’, sino ‘ese queso se ha movido dos milímetros’”.
Para identificar el trabajo de un buen food stylist, Muñoz-Calero indicó que observa si la comida parece viva: una lechuga con volumen, un queso que cae con naturalidad, una carne jugosa sin exceso de brillo o una salsa colocada con intención. “El mejor food styling es el que pasa desapercibido. Si al ver una fotografía lo único que piensas es ‘qué hambre me ha entrado’, entonces alguien ha hecho muy bien su trabajo”, concluyó.
