Un análisis de la política exterior transaccional y la retórica inflamatoria de Donald Trump, y su impacto en la democracia y la sociedad, con ecos en el cine y la experiencia humana.
En el complejo entramado de la administración Trump, surge la pregunta sobre quién ocupa el rol del «tercer hombre», esa figura que opera en las sombras con acceso directo al presidente. Mientras se especula sobre posibles candidatos como Stephen Miller o Steve Witkoff, la atención se centra en dos aspectos clave que definen su estilo de gobierno: la política exterior transaccional y la retórica inflamatoria.
La diplomacia entendida como un trato (deal) coloca en el centro lo que Estados Unidos gana en cada transacción, por encima de valores o alianzas históricas. Esta lógica de negociación pragmática rompe con el multilateralismo tradicional y minimiza el peso de principios como la democracia, los derechos humanos o la cooperación internacional. Así lo demuestran acciones como las amenazas a la OTAN, la renegociación del T-MEC y la salida del Acuerdo de París.
Keith Kellogg, enviado especial para Ucrania y Rusia, lo expresó con claridad: el presidente «aborda la diplomacia de manera muy transaccional, con la economía como base de las relaciones internacionales».
Por otro lado, el lenguaje violento, según especialistas como Robert Pape (Universidad de Chicago) y James Piazza (Universidad de Pensilvania), contribuye a crear un clima de polarización extrema que normaliza la violencia política. Frases como «baño de sangre» o «enemigos del pueblo» erosionan las normas democráticas, siguiendo patrones históricos señalados por Timothy Snyder (Yale).
En este contexto, la declaración de la secretaria de Prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt —»Como dijo el presidente, esta violencia política tiene que terminar»— resulta insuficiente para abordar el efecto ambiental de dicha retórica, que contribuye a la desinhibición de individuos frustrados, según Jacob Ware (CFR).
La transaccionalidad no es exclusiva de la política. La actriz Sharon Stone, tras sobrevivir a un ictus, relató cómo muchas personas a su alrededor se aprovecharon de su vulnerabilidad con una actitud «transaccional». En 1945, Elie Wiesel recordó que en el campo de concentración le dijeron: «Cada uno debe luchar por sí mismo y no pensar en los demás». Stone sostiene que si se alimenta la amargura, «nunca te abandona», pero mantener la fe permite sobrevivir. Wiesel escribió que el opuesto del amor no es el odio, sino la indiferencia, y dedicó su vida a transformar el Holocausto en un llamado universal contra la violencia.
