Un estudio internacional publicado en Nature Communications revela que la predisposición genética juega un papel clave en el desarrollo de la estenosis lumbar, desafiando la idea de que es solo un problema del desgaste por la edad.
El dolor lumbar es una de las causas más frecuentes de consulta médica y discapacidad a nivel global. Dentro de las múltiples afecciones que lo provocan, la estenosis lumbar se caracteriza por un signo distintivo: el dolor o la pesadez en las piernas que aparece al caminar o estar de pie, y que suele aliviarse al sentarse o inclinarse hacia adelante.
Según explica el neurocirujano Matías Baldoncini, profesor de la Facultad de Medicina de la UBA, «la estenosis lumbar es un estrechamiento del canal por donde pasan los nervios en la parte baja de la columna. Ese achicamiento puede comprimir las raíces nerviosas y provocar dolor lumbar, dolor que baja a las piernas, hormigueo, adormecimiento o debilidad».
Si bien tradicionalmente se asoció su aparición al desgaste natural de la columna vertebral con los años, una nueva investigación publicada en la revista Nature Communications aporta una perspectiva diferente. El estudio, que analizó datos genéticos de más de 780.000 personas, identificó decenas de regiones del ADN asociadas con un mayor riesgo de desarrollar esta condición.
«Durante años, la estenosis lumbar se explicó principalmente como parte del desgaste natural del cuerpo, pero este nuevo trabajo suma una variable importante: la genética», señaló Baldoncini. Esto significa que no todas las espaldas envejecen de la misma manera y que parte de la susceptibilidad a padecerla puede estar determinada por factores hereditarios.
El diagnóstico de la estenosis lumbar se confirma mediante estudios por imágenes, como la resonancia magnética. El tratamiento inicial suele ser clínico, incluyendo kinesiología, medicación analgésica y adaptación de actividades. En casos donde el dolor persiste y afecta significativamente la calidad de vida, puede evaluarse una intervención quirúrgica descompresiva.
Este hallazgo científico abre nuevas vías para comprender mejor los mecanismos detrás de este trastorno común, lo que en el futuro podría derivar en enfoques preventivos y terapéuticos más personalizados.
