martes, 22 septiembre, 2026

Spiagge di Napoli: un siglo de historia familiar en una cantina porteña

En el límite entre Boedo y Almagro, Spiagge di Napoli celebra 100 años de actividad ininterrumpida. Fundada por un inmigrante italiano, la cantina mantiene su esencia y sigue ofreciendo pasta por kilo.

En una época donde lo retro y lo tradicional cobran valor, muchos restaurantes de Buenos Aires han decidido rescatar la estética y la cocina de los clásicos porteños. Spiagge di Napoli, sin embargo, no necesitó reinventarse. Con su toldo rojo y puerta de madera y vidrio, esta cantina ubicada en el límite de Boedo y Almagro acaba de cumplir 100 años de historia, un legado que se percibe al entrar.

Desde su fundación en 1926 por Giovanni Ranieri, un inmigrante italiano que llegó solo al país después de la Primera Guerra Mundial, el restaurante ha permanecido en manos de la misma familia. La continuidad está ligada a un trabajo que busca honrar una historia marcada por distancias y reencuentros. Giovanni dejó en Italia a su esposa y sus cuatro hijos pequeños, y pasaron dos décadas hasta que, finalizada la Segunda Guerra Mundial, pudo reunirlos y traerlos a la Argentina.

«Esta es mi casa», afirma Rosario Ranieri, nieta del fundador, quien hoy forma parte de la tercera generación a cargo del local. «Mi abuelo llegó y, como tantos inmigrantes, hizo lo que sabía. No tenía formación gastronómica, pero en Italia cocinar bien era parte de la vida cotidiana. Así decidió abrir este restaurante», relata.

El nombre, Spiagge di Napoli (Playas de Nápoles), fue una elección estratégica de Giovanni, oriundo de Peschici, un pequeño pueblo del Adriático. «Pensó que Nápoles era una referencia más conocida aquí, que remitía a Italia, al mar, y sería más cercana para la gente», explica Rosario.

El crecimiento del negocio fue paulatino. Con el reencuentro familiar, la segunda generación, encabezada por el padre de Rosario, consolidó y sostuvo el lugar durante décadas. Hoy, cinco nietos, profesionales de distintas áreas (arquitectura, medicina, docencia, odontología y locución), continúan con el legado, combinándolo con sus vidas y trabajos.

«No somos gastronómicos de formación, pero tenemos una relación muy fuerte con el lugar. Es parte de nuestra historia familiar», señala Rosario. Un equipo estable, con empleados que llevan hasta 30 años de antigüedad, es otra de las claves que ha permitido la permanencia del restaurante a través del tiempo y en contextos difíciles.

La identidad del lugar es la de una cantina italiana clásica. «Comida casera, abundante y accesible. Un lugar donde se viene a comer bien, sin demasiadas vueltas», define Rosario. Se distancia de lo sofisticado o gourmet, conservando características como las repisas con vinos a la vista a lo largo del local. «Esta es una cantina que hace 60, 70, 80 años se veía más o menos igual que ahora. Obviamente se renovaron pisos y mesas, pero la esencia es la misma», concluye.

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