domingo, 15 febrero, 2026

La interpelación del futuro

Observando la realidad económica y social de la Argentina, tal vez resulta inevitable volver a la frase tan repetida para describir la espera incierta: la moneda está en el aire. La imagen es creativa pero no se ajusta a la realidad: lo que se espera dependerá mucho menos del azar que de las decisiones de los actores. Si bien puede aceptarse que existen albures en la historia, estos nunca resultan decisivos. Sí, en cambio, son ineludibles las sorpresas, a veces brutales, que en tantas ocasiones la negación impide amortiguar. Para poner un caso: en el atrapante libro del historiador Henry Ashby titulado A treinta días del poder se cuenta que los principales diarios de Alemania saludaron y tranquilizaron a sus lectores el 1° de enero de 1933, deseándoles feliz año nuevo y asegurándoles que el nazismo nunca llegaría al poder. Treinta días después Hitler fue nombrado canciller.

Aunque esta es una historia aleccionadora, afortunadamente vivimos en otra época, rige la democracia y ningún partido es totalitario. Ocurre otro fenómeno, que no es original en la historia de las naciones, pero sí movilizador. Frente a transformaciones inéditas, en las esferas tecnológica, económico-social e internacional, y en la subjetividad de los individuos, las élites y el público informado se preguntan si se habrá iniciado una nueva época y, si fuera así, cuál será la Argentina que sobrevendrá después de ese cambio. Cuando los testigos tienen mucha carga ideológica, la respuesta es fácil. El Gobierno y sus más férreos defensores dicen convencidos: entramos en una nueva era que nos deparará progreso y felicidad. Es inexorable e irreversible. Del otro lado, los opositores duros responden: este proyecto fracasará y el país sufrirá una nueva decepción, que traerá sufrimiento y frustración. Los que rechazan los extremos sopesan factores para ponderar el resultado que podrían tener las transformaciones en curso.

Los contemporáneos no pueden ser historiadores de su presente, aunque tal vez un poco de distanciamiento logre ayudarlos a entenderlo. Cabe aquí una digresión sobre la periodización más elemental del devenir: el pasado, el presente y el futuro. El sentido común asocia el pasado a la experiencia, los historiadores lo describen e interpretan, la política suele manipularlo según sus intereses. Cuando se instaura que la historia es maestra significa que hay que escucharla porque ella nos enseñará a entender el presente y, quizá, a diseñar el futuro. Cuando la psicología habla de trauma infantil, y se propone para removerlo, está afirmando que el pasado condiciona el presente; cuando los analistas políticos sostienen que lo más probable es que lo que ocurrió vuelva a suceder, describen una fatalidad. Es el bucle de Phil Connors en El día de la marmota. La idea de la historia como opera aperta, de la que hablaba Umberto Eco, queda anulada. El presente se limita a ser un puente entre el pasado y el futuro.

Esto no les gusta a los autoritarios

El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.

En un país de sólida tradición progresista en derechos y estatista en economía, que fue el legado histórico del peronismo y el radicalismo, le cuesta a la gente que se dice progresista ver señales y asimilar evidencias. Para ellos era cómodo pensar que la derecha solo podía llegar al poder mediante golpes de Estado. Si la democracia los suprime, creían, queda cancelada la amenaza. Aunque fue un síntoma, el gobierno de Menem no terminó de refutar este argumento tranquilizador. Podía decirse, para continuar sosteniéndolo: Menem aplicó un ajuste neoliberal, pero no se lo votó para eso sino por la promesa del “salariazo” bajo una hiperinflación implacable. Además, era peronista, y los peronistas, a diferencia de lo que creía Borges, se corrigen. Ahora, si la corrección fue el kirchnerismo, la épica progresista tenía fecha de vencimiento, aunque sus portadores no se dieran cuenta. Luego hubo una nueva advertencia, tampoco escuchada, que equivalía a un cambio histórico: Macri, un político de derecha, alcanzaba la presidencia con el partido más nuevo del sistema en ese momento. Adiós a aquello de que la derecha llega solo por golpes militares. Macri fracasó, pero no del todo: algo había canalizado de un incipiente cambio social, acaso tan profundo como para que el peronismo y los republicanos, que se entretenían jugando a la grieta, lo vieran.

Tal vez fue duro para los progresistas entender que el pasado no necesariamente supedita el presente, como se lo habían metido en la cabeza los apologistas de la historia. En efecto, ¿qué tenía que ver Macri con Jorge Videla? La verdad es que nada. Sin embargo, los enceguecidos le cantaron “Basura, vos sos la dictadura”. El fundador del PRO era (y es) indudablemente un político de derecha, aunque no de aquella violenta y genocida, a la que es tan cómodo como equivocado asociarlo. La ideología progresista posee zonas de confort incalculables. Cristina Kirchner descansó años allí sin percibir cómo su legitimación social se desvanecía. No es el diario del lunes. La evidencia empírica empezó a mostrar, algunos años antes de Milei, el cambio de las creencias sobre la que ella y su marido habían asentado su poder. La gente de a pie descubrió el truco de la inflación: hoy me subís el sueldo, para eso le das a la maquinita y la inflación me come el aumento. Los argentinos no se habían vuelto monetaristas, estaban descubriendo la diferencia entre un billete y un papel pintado.

En paralelo, comenzaron a observarse en la base social deseos de mayor autonomía económica, vehiculizados a través de múltiples emprendimientos que operaban como fuentes alternativas de ingreso. La clase media baja se alejaba del Estado y cambiaba sus costumbres impulsada por los jóvenes. El trabajo registrado en relación de dependencia se convirtió en una meta inalcanzable, de modo que crecieron los monotributistas y los trabajadores en negro, como modelos no de lo deseable sino de lo posible.

Mutaciones en la subjetividad acompañaron estas tendencias. Es revolucionario, aunque no se sabe si para bien o para mal, que la gente use el celular para vincularse, trabajar o entretenerse, muchas horas al día. Después de eso, ni la sociedad ni la política ni el sexo ni el trabajo serán lo que conocimos.

Para concluir, el espectáculo visual de las redes colonizó definitivamente la política. En ese universo, impacta el que seduce y da qué hablar de lo que fuere. Se imponen los transgresores, los que bromean o hacen catarsis agrediendo. Se trata de un colosal entretenimiento en el que participan todos, hasta los que lo niegan. Es el modo actual de transitar la vida cotidiana, el trabajo y la familia.

La nueva cultura habilita una suposición: no es el pasado sino el porvenir lo que condiciona el presente. La IA, Vaca Muerta, la última novedad tecnológica, incomparablemente más que las instituciones o el pueblo. En esa mutación, y aunque no tiene nada asegurado, la derecha libertaria suma sin rivales a la vista. Mientras tanto, el progresismo sigue mirando para atrás, aferrado a sus anacronismos, inconsciente de la interpelación del futuro.

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