De ser la fábrica del mundo a convertirse en laboratorio global de innovación, China avanza a paso firme en tecnología. Un recorrido por su historia, sus causas y su presente como potencia.
Hace tiempo que China dejó de ser solo el gigante dormido. Sobre sus megaciudades, ríos y montañas, sus dragones ya no arrojan fuego, sino tecnología de vanguardia. Hoy, el país asiático compite y supera en varios campos tecnológicos a otras potencias. China ya no es únicamente la gran fábrica del mundo, sino también un gran laboratorio de anticipación del futuro.
China vuelve a ocupar un lugar que ya tuvo: el de potencia económica e inventora. Antes que nadie, la nación con capital en Pekín inventó la pólvora, la imprenta y la brújula. Sin embargo, esa dirección de proa se perdió durante su esplendor imperial, entre los siglos XVI y XVIII, en las dinastías Ming y Qing.
El distanciamiento respecto a su pasado tecno-científico obedeció a distintas causas: una población masiva que proveía mano de obra barata, desincentivando la invención de máquinas; un sistema de exámenes que absorbía a las mentes más brillantes hacia la burocracia estatal; y un neoconfucianismo que relegaba las matemáticas y la tecnología a un plano menor.
Mientras Europa, fragmentada y competitiva, fomentaba una ‘ilustración industrial’ y la cultura del ‘conocimiento útil’, como propone el historiador económico Joel Mokyr, China priorizó su estabilidad interna y la agricultura. Kenneth Pomeranz, historiador de la Universidad de Chicago, en su libro La gran divergencia. China, Europa y el nacimiento de la economía mundial moderna (2017), propone el concepto de ‘Gran Divergencia’ para explicar cómo Europa eclipsó a la China imperial en el desarrollo científico.
Su análisis responde a la famosa pregunta del bioquímico británico Joseph Needham (1900-1995): ‘¿Por qué China, siendo líder tecnológica durante siglos, no originó la Revolución Científica?’ Según Needham, el sistema social chino, un ‘feudalismo burocrático’, era eficaz para la estabilidad, pero no catalizaba la innovación como sí lo hacía Europa. Esto se asociaba, además, con el desinterés por las matemáticas.
Hoy, esa retracción parece haber mutado en un progreso tecnocientífico acelerado. Esto obedece a una red de causas: la apertura de la China de Deng Xiaoping, a partir de 1978, hacia el libre comercio, dentro de las ‘Cuatro Modernizaciones’ en agricultura, industria, defensa nacional y ciencia y tecnología. La política actual, expresada por el líder Xi Jinping, aspira a restablecer la gloria perdida tras el ‘siglo de la humillación’ (1839-1949), período en el que el Imperio chino sufrió la imposición de intereses extranjeros mediante una capacidad militar superior.
China se autopercibe desde la concepción milenaria de Zhōngguó (‘Reino del Centro’), y desde esa conciencia de civilización central exige influencia y respeto global. En este marco, convertirse en potencia tecnológica favorece su evolución y reconocimiento internacional.
Hoy, el país impulsa la expansión tecnológica mediante masivas inversiones como política de Estado, libertad para las investigaciones científicas y una interacción fluida entre el laboratorio y la producción. Todo esto se apoya en un sistema educativo de excelencia orientado a las matemáticas, la ingeniería y la ciencia. Actualmente, China genera más ingenieros y graduados en carreras técnicas que Estados Unidos y Japón combinados.
El arquetipo de esta transformación es Shenzhen, el llamado ‘Silicon Valley chino’, meca de la vanguardia tecnológica. En 1979 era un conjunto de aldeas de pescadores; hoy es una megaciudad de más de 17 millones de habitantes que alberga empresas como Huawei y DJI, líder indiscutido en el mercado global de drones. Así como en el siglo XX Detroit fue la capital de la producción automovilística y luego el software se concentró en California, hoy el centro del poder tecnológico se desplaza de Silicon Valley a Shenzhen, centro global de la robótica de vanguardia y la producción de robots humanoides con inteligencia artificial integrada.
Mientras en Occidente muchas empresas todavía experimentan con prototipos, las firmas chinas ya venden sus modelos y aspiran a convertir al robot doméstico en un bien de consumo tan común como un smartphone.
