Severino González relata su experiencia personal en el proceso de adopción monoparental en Chubut, destacando los pasos, desafíos y la espera que culminó en la formación de su familia.
En un café de Puerto Madryn, Severino González comparte su historia de vida. A sus 40 años, tras considerar la posibilidad de ser padre soltero, inició los trámites de adopción. El proceso, que comenzó con la presentación de documentación básica y entrevistas, no encontró obstáculos por su estado civil o edad.
«Presentar los papeles, armar la carpeta, no es complejo», explica Severino, quien recibió asesoramiento en la oficina local de adopción. La carpeta incluyó certificados de salud, antecedentes penales y comprobantes de estabilidad económica. Tras completarla, llegaron las entrevistas con profesionales del área social.
Durante la etapa de espera, Severino se preparó informándose sobre la adopción, conociendo que muchos niños en espera son «niños grandes», de cinco o siete años en adelante. Decidió que su perfil se ajustaría mejor a un niño de mayor edad, considerando su situación personal y la distancia de su familia de origen.
El sistema de adopción en Argentina prioriza los derechos del niño, agotando las instancias con la familia biológica antes de declarar la situación de adoptabilidad. En Puerto Madryn, instituciones como el Mini Hogar y las familias de acogimiento transitorio desempeñan un rol clave.
La llamada llegó un viernes por la noche. Silvia, de la oficina de adopción, le informó sobre un niño en situación de adoptabilidad. Aunque estaba séptimo en una lista de posibles adoptantes, al día siguiente fue citado por la jueza. La decisión final, sin embargo, correspondía al niño, identificado como T., quien entonces tenía diez años.
El encuentro se produjo el 28 de febrero de 2024. «Ahí apareció por una ventana con melena», recuerda Severino con emoción. Tras conocerse, comenzó un proceso de vinculación que incluyó visitas y actividades compartidas, como verlo entrenar. Al día siguiente, Severino lo buscó en la escuela y lo llevó a su casa, en un barrio alejado del centro de Madryn.
Los primeros seis meses estuvieron supervisados por profesionales, con visitas cada vez más espaciadas hasta quedar solos. Hoy, forman una familia. Al preguntarle a T. por qué eligió a Severino, el adolescente responde con timidez, mencionando las mascotas, el club en la playa y la impresión que le causó su primer encuentro.
