La misión Artemis II, que despegó esta semana, circunnavegará la Luna pero sus astronautas no descenderán a la superficie. Expertos analizan los factores técnicos, presupuestarios y políticos que explican la complejidad del regreso.
La tecnología espacial ha evolucionado exponencialmente desde que el Apolo 11 llevó al primer ser humano a la Luna en 1969. Sin embargo, tras el último alunizaje en 1972, nadie ha vuelto a pisar la superficie lunar. La misión Artemis II de la NASA, que partió esta semana con cuatro astronautas a bordo, realizará un vuelo de prueba alrededor del satélite, pero no incluirá un descenso.
Para un alunizaje tripulado será necesario esperar al menos hasta la misión Artemis IV, proyectada para 2028. Artemis II, originalmente programada para 2024, experimentó varios retrasos por inconvenientes técnicos. Durante su viaje de 10 días, la tripulación realizará maniobras de preparación para futuras misiones de descenso.
Expertos señalan que, más allá de los avances tecnológicos, el regreso a la Luna enfrenta desafíos distintos a los de la era Apolo. «En la práctica, es muy difícil convencer al Congreso de aprobar un presupuesto tan desmesurado cuando, desde el punto de vista científico, no había suficientes razones para regresar a la Luna», explicó Michael Rich, profesor de Astronomía de la Universidad de California en Los Ángeles, en una entrevista de 2017.
Durante el programa Apolo, la NASA recibía cerca del 5% del presupuesto federal de Estados Unidos. En la actualidad, esa asignación es del 0,35%. Tras la cancelación del programa lunar en 1972, las prioridades se orientaron hacia proyectos en órbita terrestre baja, como la Estación Espacial Internacional.
«La exploración sostenible requiere un compromiso político estable, una financiación predecible y un propósito claro a largo plazo», escribió recientemente el físico Domenico Vicinanza en The Conversation. Según el experto, tras el programa Apolo, Estados Unidos tuvo dificultades para mantener estos tres elementos simultáneamente.
El programa Artemis, iniciado en 2017, ha involucrado a miles de personas y tiene un costo estimado de 93.000 millones de dólares hasta la fecha. Incorpora tecnología desarrollada para el cancelado programa Constellation y plantea objetivos a más largo plazo, como la construcción de una estación espacial lunar y la preparación para futuras misiones tripuladas a Marte.
Según la NASA, el modelo de exploración del programa Apolo «no estaba diseñado para perdurar y claramente no era sostenible». Artemis busca establecer una presencia lunar permanente con fines de descubrimiento científico, beneficios económicos y como escalón para la exploración marciana.
