Un estudio publicado en la revista académica Youth & Society, que analizó a 848 menores de entre 11 y 17 años en cuatro escuelas del país, reveló que uno de cada cuatro adolescentes argentinos participó en al menos un reto viral durante el último año.
Grabarse, publicar y esperar que otros repitan. Esa es la lógica de un reto viral: amplificarse en redes sociales. Algunos consisten en empaparse con agua helada para visibilizar una enfermedad, otros invitan a imitar una coreografía y, en el extremo opuesto, algunos desafían a no dormir durante días o a comer hasta el atracón.
Una nueva investigación cuantificó el fenómeno y mostró que uno de cada cuatro adolescentes argentinos participó en al menos un reto viral durante el último año. Así lo advierte el estudio publicado en la revista académica Youth & Society, que analizó a 848 menores de entre 11 y 17 años en cuatro escuelas del país.
Los datos mostraron que el 14% de los encuestados realizó uno o dos retos virales en los últimos 12 meses, el 5% participó en tres o cuatro y el 6% aseguró haber completado cinco o más. En conjunto, eso equivale al 25% (uno de cada cuatro) de los adolescentes que se interesaron en al menos un desafío difundido en redes.
El doctor en Psicología Santiago Resett, investigador independiente del CONICET-Universidad Austral y docente de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE), quien lideró la investigación en Argentina, señaló que “no todos los retos virales son negativos o peligrosos. Sin embargo, algunos pueden afectar nocivamente la salud física y mental de los chicos. Ejemplo de retos de esta índole son el tratar de pasar la mayor cantidad de tiempo sin dormir o autosofocarse para quedar inconsciente. Muchos jóvenes han fallecido por estos desafíos virales”.
Entre los casos más extremos, figuran el reto “Blue Whale”, asociado a autolesiones y el “Black Out Challenge”, que promueve la asfixia intencional.
Resett explicó cuál fue la motivación que los adolescentes reportaron con mayor frecuencia en el estudio: “La forma más frecuente del por qué realizar retos virales, independientemente del tipo de reto, era por el motivo social de pertenecer al grupo y no quedar afuera”. Ante la pregunta “Me gusta hacer un reto viral o desafío con más personas para sentirme parte de un grupo”, un 8% indicó que lo hacía bastante o muchas veces, mientras que casi un 20% lo hacía algunas veces por ese motivo.
“Esta razón es muy común en los adolescentes ya que están muy pendientes de ser aceptados y no quedar afuera del grupo. Esto los lleva, en ocasiones, a no reflexionar y hacer conductas riesgosas”, afirmó Resett.
El investigador también sostuvo que “hoy en día para los retos virales u otras conductas asociadas con las redes sociales esto se magnifica por la viralización de los contenidos, una audiencia masiva, el aparente anonimato, la necesidad de obtener likes y que el uso compulsivo de redes sociales vuelve a los sujetos más insensibles o desinhibidos”.
“Quienes hacen muchos retos virales también presentan mayores niveles de adicción a internet, Instagram, apuestas online y pornografía digital, entre otras”, resumió Resett. Ese conjunto de conductas configura un perfil específico: adolescentes más impulsivos, con mayor necesidad de buscar sensaciones fuertes, con dificultad para regular las emociones o que se sobreexponen en redes sociales.
Resett propuso una estrategia que parte de la escucha: “Más que prohibir las nuevas tecnologías o dar sermones moralizantes a los adolescentes, se debe trabajar desde la reflexión y enseñar a pensar en las consecuencias de las acciones”. Entre las herramientas concretas que sugirió figura la regla de los 10 segundos antes de publicar: ¿esto es seguro?, ¿me expongo a mí y a mis padres o amigos? También propuso no normalizar el argumento de “porque todos lo hacen” y concientizar sobre el hecho de que las imágenes de los demás no pertenecen a quien las difunde.
