miércoles, 10 junio, 2026

Dejó su trabajo, se separó, compró una bell tent y su vida cambió: “Por momentos tuve la sensación de estar soñando”

Drea León abandonó el mundo de la moda y eligió rodearse de naturaleza, sin renunciar a las comodidades de un hotel de lujo, y disfrutar de su lugar en el mundo.

En 2017, Drea León dejó su puesto en una agencia de publicidad, compró una cámara profesional y comenzó a crear fotografías y contenido de moda. Poco después lanzó un blog donde publicó sus imágenes; sus fotos se hicieron virales porque empleaba un programa de edición y gestión fotográfica que por entonces no era tan difundido en Argentina. A raíz de esa exposición, varias marcas empezaron a contratarla, la invitaron a Nueva York y su número de seguidores creció.

Sin embargo, en 2019, Drea empezó a sentirse incómoda en el ambiente de la moda: como influencer, las marcas le exigían talles específicos y control sobre su peso. «Las tallas de las prendas que nos prestaban para los desfiles siempre eran las más pequeñas, entonces me sentía en la obligación de entrar en ese estándar de belleza, y no podemos dejar de lado que Argentina es el segundo país con más trastornos alimenticios en el mundo, entonces para una persona con trastornos alimenticios, como es mi caso, porque lucho contra la bulimia desde los 12 años, esto era realmente muy nocivo», afirmó. Poco a poco se fue alejando de ese mundo.

Una noche, Drea puso «Memorias de África» y se quedó hasta el final. La película, con sus paisajes, su romance con lo salvaje y esa forma de vivir a la intemperie sin perder el confort, fue el puntapié para una nueva vida. Descubrió entonces las bell tents —refugios de lona con base circular, forma de campana y un único poste central— y la idea de dormir en carpas en medio de la sabana le pareció una revelación. Compró su propia bell tent y comenzó a montarla en parajes remotos; desde allí arrancó su viaje.

Viajó a Estados Unidos: pasó la noche en el Gran Cañón —su primer viaje sola— y luego durmió en una burbuja en pleno desierto. Al volver a Argentina decidió recorrer el país para poder hablar con autoridad sobre el glamping. Organizó el «Gran Piñera Tour» y fue desde Jujuy hasta Ushuaia, visitando glampings por todo el territorio.

Esas estancias cambiaron su forma de viajar y la conectaron con la naturaleza; cada experiencia la enfrentó a sus miedos, la soledad y los ataques de pánico. La convivencia con otras comunidades la transformó y, en ese proceso, su vida personal también cambió: se fue distanciando de su matrimonio y del mundo familiar que conocía. Finalmente, Drea se separó de su marido y, poco después, se sumó a un viaje en velero hacia la Antártida.

«Partimos desde El fin del mundo, Ushuaia. Éramos 60 personas con diferentes nacionalidades: alemanes, holandeses, argentinos, españoles y noruegos. Nos unimos en una experiencia que más allá de la navegación y el aprendizaje técnico que nos dejó, nos puso a prueba en todos los aspectos vinculados al trabajo en equipo, la empatía y el valor del compañerismo. Cuando estás navegando hacia la Antártida por el pasaje de Drake, con olas de hasta 14 metros de altura, no hay lugar para el ego, tus compañeros son tu soporte, todos nos necesitamos los unos a los otros, respetando la cadena de mando y cumpliendo con nuestras tareas asignadas para sobrevivir a uno de los océanos más peligrosos del mundo», declaró.

Llegar a la Antártida le pareció «completamente surrealista». «El silencio es profundo, casi sepulcral. El sonido del hielo crujiendo te eriza la piel, no hay expectativa que pueda superar las imágenes de los témpanos gigantes flotando en el medio del mar congelado, los albatros volando alrededor del velero, aves con más de tres metros de ancho, mucho hielo y, de repente, una foca de weddell descansando en un iceberg, una foca leopardo devorando un pingüino y una familia de ballenas durmiendo a nuestro alrededor», describió.

Definió a la vida en el barco como «bastante agitada» ya que, junto a sus compañeros, trabajaba ocho horas por día timoneando, haciendo vigías, bajando y subiendo velas. «Aprendí que las cosas cotidianas, como bañarse, podían ser muy difíciles, uno de los principales motivos de accidentes en el barco son las duchas, así que mantener el aseo personal era todo un reto», sostuvo.

Durante esos 19 días en la Antártida, Drea encontró un espacio para respirar, hacer silencio y empezar a ordenar por dentro el dolor que le había dejado la separación. «Después de la gran tormenta que fue la separación, en donde me sentía muy desequilibrada porque se rompen todas tus estructuras, tu hogar y te sentís sin rumbo, la Antártida me ayudó a encontrar el equilibrio. Por ende, a superar una etapa tan difícil. Una tormenta enorme», afirmó.

Sobre lo más importante que le dejó ese viaje, señaló: «Tuve una conexión muy fuerte con el velero y entendí que nuestra vida es un barco, que nosotros somos sus capitanes, y que el equilibrio —la brújula en el barco— es fundamental. Era de noche, a las cuatro de la mañana, cruzando el pasaje de Drake con olas de diez metros. Yo estaba al timón, amarrada porque podés caerte al agua —es sumamente peligroso— con un frío polar, y, de repente, me encontré ahí». Añadió: «Estar al timón me enseñó que, si me inclino demasiado hacia un lado o hacia el otro, pierdo el rumbo. Hay que sostener el equilibrio, volver al centro y avanzar con firmeza hacia el destino correcto».

Drea sostuvo que el cerebro humano no está preparado para tanta belleza. «Por momentos tuve la sensación de estar soñando. A veces, me encerraba en mi camarote porque estar en cubierta era tan maravilloso que se volvía abrumador», afirmó.

Por estos días, se está preparando para su nuevo desafío: un viaje de supervivencia por el Amazonas en el que estará sola durante tres días en el medio de la selva, sin agua, sin comida ni refugio.

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