miércoles, 12 agosto, 2026

Un mensaje en el cuaderno expone el aumento del malestar emocional en niños

El caso de un niño de 7 años que escribió «No quiero vivir más» en una tarea escolar pone de relieve un fenómeno creciente. Un informe de la UCA revela que el 18,1% de los niños y adolescentes presenta síntomas frecuentes de tristeza o ansiedad.

Simón tiene siete años y está aprendiendo a escribir en cursiva. Cuando empezaron las clases, en la escuela le dieron una tarea: contar qué había hecho durante las vacaciones de verano. Algunos compañeros escribieron sobre viajes, cumpleaños o tardes en la pelopincho de un vecino. Él dejó una frase corta en el cuaderno: «No quiero vivir más».

Cuando lo vio, su maestra se quedó helada. Después llamó a la familia. Desde hacía semanas, Simón lloraba sin un motivo claro, comía poco y dormía mal. Había empezado a aislarse en el aula y ya casi no jugaba en los recreos. En su casa, su mamá notaba que algo no estaba bien, pero no imaginaba la dimensión del sufrimiento. «Nunca pensás que puede estar pasando algo tan grave», cuenta Mónica, que vive con su pareja y Simón en el municipio de José C. Paz.

Al día siguiente del episodio del cuaderno, llegaron a la guardia de salud mental de un hospital porteño por recomendación de un familiar. Allí los profesionales detectaron pérdida de peso, angustia persistente y pensamientos de muerte: Simón contó que tenía un plan suicida. Tras un trabajo coordinado entre el hospital, la escuela y su familia, el niño empezó a mejorar: volvió a jugar en los recreos, a comer con ganas y a dormir mejor. «Aprendimos a ver señales», asegura su mamá.

Un fenómeno en aumento

¿Qué expone la historia de Simón? Le pone cara a un padecimiento compartido por cada vez más niños y a edades más tempranas. Según un nuevo informe del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA, el 18,1% de niñas, niños y adolescentes de 5 a 17 años presentó en 2025 síntomas frecuentes de tristeza o ansiedad, según la percepción de sus adultos de referencia.

El estudio muestra que el malestar alcanza al 16,1% de los niños de 5 a 12 años; aunque asciende al 21,2% entre adolescentes. Para Ianina Tuñón, coordinadora e investigadora responsable del Barómetro, el «malestar emocional no solo afecta cómo se sienten los chicos: también se asocia con más dificultades de aprendizaje, problemas para hacer amigos y mayores situaciones de aislamiento».

Señales de alerta y manifestaciones

En la práctica clínica, la psiquiatra infantojuvenil Silvia Ongini, del Departamento de Pediatría del Hospital de Clínicas, observa consultas cada vez más tempranas. «Vemos chicos de 5 o 6 años que ya no juegan como corresponde a su edad, están replegados, lloran sin motivo o no quieren ir a la escuela», señala.

La depresión o la ansiedad en la infancia no siempre aparece como tristeza visible. Ongini detalla que puede expresarse a través de irritabilidad, quejas somáticas (como dolor de panza o cabeza), cambios en el sueño o el apetito, y retraso en la adquisición del lenguaje, que puede ser un semáforo rojo asociado a dificultades emocionales tempranas.

La médica recomienda prestar atención cuando un niño muestra cambios bruscos en su comportamiento, se aísla de amigos o familia, pierde interés por actividades que antes disfrutaba, o tiene un rendimiento escolar en descenso. Muchas veces, advierte Ongini, estos cambios se interpretan como timidez o problemas de conducta cuando en realidad pueden expresar sufrimiento emocional.

Brechas y vulnerabilidad

El informe de la UCA muestra una brecha marcada: el malestar emocional afecta al 23,1% de los niños y adolescentes en hogares con necesidades básicas insatisfechas, frente al 14,8% en aquellos sin privaciones materiales. En ese sentido, Tuñón sostiene que el informe revela «una de las dimensiones más invisibilizadas de la pobreza infantil».

Aclara que esa desigualdad se ve sobre todo en los chicos de nivel primario. En los adolescentes, en cambio, esos padecimientos son más transversales y afectan de forma similar a los sectores bajos y medios. Los chicos de sectores más vulnerables suelen tener menos oportunidades de integración social: dificultades para participar en actividades recreativas, invitar amigos o sostener vínculos fuera de la escuela.

Según Ongini, los pensamientos de muerte en niños suelen vincularse con el deseo de terminar con el sufrimiento: «En chicos lo que veo es que hay una fantasía de encontrar una paz esperable, un alivio a un dolor insoportable, un fin a ese padecimiento que ya no se aguanta más».

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