La alta sociedad neoyorquina fue el escenario de un elaborado engaño perpetrado por una pareja que, durante un período prolongado, logró moverse con soltura en fiestas, yates y reuniones de negocios reservadas para grandes fortunas. Se presentaban como Andrea Cartier, supuesta heredera de la joyería homónima, y Matthew Rockefeller, un filántropo vinculado a la legendaria dinastía. Su estrategia consistió en utilizar el peso de esos apellidos como llave de acceso a un mundo de lujo y contactos influyentes.
La construcción de una ficción creíble
Matthew, cuyo nombre real es Matthew Tomasko, tenía antecedentes como mago y actor, habilidades que parece haber aplicado en su nueva vida ficticia. Adaptó su apariencia y discurso para encajar en la narrativa de un heredero dedicado a causas benéficas. Por su parte, Andrea Bartzen incorporó el apellido Cartier a sus perfiles profesionales, presentándose como una ejecutiva e inversora con experiencia en el sector de la salud. Su carisma y generosidad en los eventos, donde invitaba a copas y puros, ayudaron a cimentar la ilusión.
«Simplemente asumimos que no crecieron en nuestro círculo inmediato, pero que pertenecían a la misma burbuja», comentó Adi Soozin, administrador de un fondo de capital privado que conoció a la pareja, en declaraciones recogidas por New York Magazine. Este testimonio refleja cómo la presunción de legitimidad, una vez establecida, operó a su favor.
El mecanismo del engaño
Su método no era particularmente complejo, pero sí efectivo. Accedían a eventos exclusivos, se mezclaban con los asistentes, se fotografiaban con personas conocidas y luego utilizaban esas imágenes como prueba social para validar su identidad ante nuevos contactos. Esta técnica, similar a la empleada por otros estafadores como Anna Sorokin, les permitió tejer una red cada vez más amplia.
Global Passion Projects: la fachada operativa
Para dar estructura a sus actividades, crearon una organización llamada Global Passion Projects. Bajo este paraguas, organizaron conferencias, encuentros en yates y eventos en zonas exclusivas como Palm Beach, Miami y los Hamptons. La propuesta era ofrecer acceso a una red de supuestos inversores de alto patrimonio, vendiendo patrocinios, entradas y reuniones privadas con la promesa de oportunidades financieras y donaciones a causas benéficas.
Sin embargo, la realidad detrás de esta operación comenzó a desmoronarse cuando surgieron preguntas sobre el destino de los fondos. Varias de las entidades benéficas mencionadas como beneficiarias aseguraron no haber recibido dinero alguno. Además, proveedores y colaboradores en la organización de eventos denunciaron pagos pendientes e incumplimientos.
Las grietas en la fachada
La caída no fue instantánea, sino el resultado de la acumulación de inconsistencias. Detalles de su vida cotidiana, como vehículos que no coincidían con su supuesto nivel económico o dificultades para cubrir gastos básicos, generaron las primeras sospechas. Las verificaciones sobre los antecedentes académicos y laborales de Bartzen arrojaron dudas sobre su veracidad.
Al mismo tiempo, miembros de la élite comenzaron a notar gestos y comportamientos que delataban su origen. «Se nota que no se crió en una familia rica. Simplemente no tiene el vocabulario propio de esa clase social», señaló Rolise Rachel, una ex socia en la organización de eventos, al medio neoyorquino. Invitaciones dudosas y accesos forzados a reuniones privadas incrementaron la desconfianza.
La presión llevó a que, a fines de enero de 2026, Bartzen eliminara el apellido «Cartier» de su perfil de LinkedIn. La investigación de New York Magazine no reporta arrestos o procesos penales formales en curso al momento de su publicación, pero el caso expone los mecanismos mediante los cuales una identidad fabricada puede abrir puertas en los círculos más herméticos.
