viernes, 10 julio, 2026

El desafío de la movilidad cognitiva en las ciudades argentinas

La planificación urbana tradicional se centra en reducir tiempos de viaje y congestión, pero un nuevo enfoque pone el foco en la capacidad de las personas para comprender y recorrer la ciudad con autonomía.

Cada mañana, millones de personas atraviesan estaciones de tren, terminales de colectivos, subtes y aeropuertos siguiendo una misma lógica: llegar lo antes posible a destino. Durante décadas, las ciudades diseñaron sus sistemas de movilidad persiguiendo ese objetivo. Reducir tiempos de viaje, aumentar la velocidad comercial, mejorar la frecuencia de los servicios o disminuir la congestión se convirtieron en los principales indicadores del éxito.

Sin embargo, existe una pregunta que rara vez forma parte de la planificación urbana: ¿qué tan fácil es comprender el recorrido? Moverse por una ciudad no consiste únicamente en trasladarse físicamente de un punto A a un punto B. También implica interpretar información, anticipar situaciones, tomar decisiones, adaptarse a cambios inesperados y desenvolverse en entornos muchas veces caóticos y sobreestimulantes. En otras palabras, antes de mover el cuerpo, la ciudad obliga a mover la mente.

Es allí donde aparece un desafío que todavía ocupa muy poco espacio en la agenda pública: la movilidad cognitiva, entendida como la capacidad de una persona para comprender, anticipar y recorrer la ciudad con autonomía. Cuanto menor sea el esfuerzo mental necesario para orientarse, interpretar señales o enfrentar cambios, más inclusiva será esa experiencia de movilidad.

Durante años se habló de accesibilidad casi exclusivamente en términos físicos: rampas, ascensores, pisos podotáctiles o unidades adaptadas. Todo eso sigue siendo indispensable. Sin embargo, existen otras barreras, mucho menos visibles, que afectan diariamente a millones de personas. ¿Qué ocurre cuando una estación cambia de andén sin una comunicación clara? ¿Cuando un recorrido habitual se modifica inesperadamente? ¿Cuando la información está saturada de estímulos visuales? ¿Cuando un anuncio sonoro resulta incomprensible? ¿O cuando el ruido, las luces y la cantidad de personas convierten un viaje cotidiano en una experiencia de enorme estrés?

Para muchas personas dentro del espectro autista, estos factores pueden transformar un trayecto aparentemente simple en un desafío enorme. Sin embargo, reducir esta discusión únicamente al autismo sería un error. También la viven adultos mayores que procesan la información con mayor lentitud; turistas que no conocen el idioma; personas con discapacidad intelectual; niños que comienzan a desplazarse solos; personas con ansiedad e, incluso, cualquiera de nosotros cuando aterriza por primera vez en una ciudad desconocida. Todos, en algún momento, experimentamos lo que significa perder la capacidad de comprender el entorno.

Precisamente esa reflexión dio origen a Ciudades Azules, el libro publicado recientemente junto a Álvaro García Resta en Editorial El Ateneo. Allí se propone ampliar la mirada sobre la accesibilidad y se plantea que las ciudades no solo deben eliminar barreras físicas, sino también cognitivas y sensoriales. Porque una ciudad verdaderamente inclusiva no es únicamente la que permite entrar, sino también la que permite orientarse, anticipar y habitar los espacios con confianza.

La buena noticia es que muchas de estas barreras no requieren grandes inversiones en infraestructura. Requieren, sobre todo, cambiar de enfoque. Una señalización más clara. Recorridos previsibles. Información presentada de forma simple y consistente. Aplicaciones que anticipen niveles de ocupación o permitan elegir rutas más tranquilas. Espacios de pausa dentro de estaciones. Mapas más intuitivos. Protocolos de comunicación frente a interrupciones del servicio. En definitiva, ciudades capaces de reducir la incertidumbre y aumentar la previsibilidad.

Paradójicamente, vivimos un momento en el que la movilidad incorpora cada vez más inteligencia artificial, sensores, plataformas digitales y vehículos autónomos. La tecnología avanza a una velocidad extraordinaria. Sin embargo, muchas veces seguimos diseñando la experiencia desde la lógica del sistema y no desde la experiencia de las personas. Sabemos en tiempo real dónde está cada colectivo, pero todavía cuesta encontrar información sencilla cuando el recorrido cambia. Podemos optimizar la sincronización de semáforos mediante algoritmos, pero seguimos teniendo estaciones que resultan difíciles de interpretar para quien las usa por primera vez. Medimos velocidades, frecuencias y tiempos de viaje con enorme precisión, pero casi nunca medimos algo igualmente importante: el esfuerzo cognitivo que exige desplazarse por la ciudad.

Quizás haya llegado el momento de ampliar la forma en que entendemos la movilidad urbana. Tal vez el próximo gran salto ya no consista únicamente en mover personas de manera más rápida, sino en lograr que cualquier persona pueda recorrer la ciudad con autonomía, confianza y tranquilidad. Porque, al fin y al cabo, la mejor infraestructura no siempre es la que acelera los desplazamientos. Muchas veces es la que hace que nadie se sienta perdido.

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