Un recorrido por las diez arterias porteñas que llevan nombre de virreyes españoles: cuáles llegan a Cabildo, por qué fueron elegidas y los apodos que esconden.
En los tiempos vertiginosos de la información, circula una frase que dice: “Todas las calles de Buenos Aires que tienen nombre de virreyes pasan por la avenida Cabildo”. Aunque simpática, la afirmación tiene sus problemas. El virrey, representante del rey de España en el Virreinato del Río de la Plata, y el Cabildo, institución que atendía los asuntos de la ciudad, estaban relacionados pero no eran lo mismo. El virrey tenía su sede en el Fuerte, frente al Cabildo, del otro lado de la plaza.
El otro inconveniente es que no todas las calles de virreyes llegan a Cabildo. De las diez arterias porteñas que recuerdan a aquellos funcionarios españoles, solo cuatro tocan esta avenida: Loreto, Del Pino, Arredondo y Olaguer y Feliú. Las otras seis —Cevallos, Avilés, Cisneros, Liniers, De Melo y Vértiz— están dispersas por otros barrios.
¿Por qué figuran en la cartografía porteña personajes que representan la época colonial? Una ordenanza de 1893 lo explica: “La historia colonial nos ha proporcionado numerosos y muy buenos elementos”. La norma justifica la presencia de figuras del descubrimiento, la conquista, adelantados, fundadores y virreyes, “pues todos hicieron algo bueno, y algunos de ellos fueron admirables funcionarios”.
Los virreyes también tenían apodos. A Cevallos le decían “el virrey de los tres sietes” por derrotar a los portugueses en 1777. Vértiz, por el primer alumbrado público, era “el virrey de las luminarias”. El marqués de Loreto, de cabellera pelirroja, era “el Bicho Colorado”. Olaguer y Feliú, “el de los entretelones”, por no perderse una función de teatro. Cisneros fue “el sordo”, por su pérdida auditiva en Trafalgar.
Dos virreyes no tienen calle en Buenos Aires: a Sobremonte le decían “Tras el Monte” por su huida a Córdoba con dineros públicos durante las invasiones inglesas; a Elío lo llamaban “el virrey que no virreynó”, porque recibió el cargo tras la Revolución de Mayo e intentó gobernar desde Montevideo.
Un dato curioso: el virrey Del Pino vivió sus últimos años en la actual esquina de Perú y Belgrano, donde hoy se levanta el edificio Otto Wulff. Tras su muerte, su residencia se transformó en “la casa de la virreina vieja”. Una de sus hijas, Juana, se casó con un joven porteño de 19 años: Bernardino Rivadavia, cuyo apellido bautiza la que se considera la calle más larga del mundo.
