Fundada en 1891, Colonia Mauricio representa uno de los capítulos iniciales de la colonización judía en el país. Su historia combina migración, trabajo comunitario y adaptación cultural.
Hacia fines del siglo XIX, miles de judíos de Europa oriental —principalmente de Besarabia y Podolia, entonces bajo dominio del Imperio ruso— abandonaban sus lugares de origen empujados por persecuciones, restricciones legales y crisis económicas. En ese contexto, Argentina se presentó como una oportunidad de reconstrucción. Pero, a diferencia de otras experiencias, en Colonia Mauricio hubo una planificación previa.
“Fue la primera colonia judía organizada del país”, explica Nicolás Pisolato, guía local que reconstruye y transmite la historia junto a la Sociedad Israelita de Carlos Casares. “En un primer momento, el doctor Guillermo Lowenthal, administrador y mano derecha del barón Mauricio Hirsch, impulsó el asentamiento de los colonos, adquirió 24.889 hectáreas”. A ese territorio comenzaron a llegar los contingentes: “los dos primeros buques, Lissabón y Tioko, con 300 inmigrantes judíos de Europa del Este”. En poco tiempo, la población creció hasta 1.735 personas.
El proceso de expansión continuó. “En 1900 la colonia se amplía, se compran 8.810 hectáreas más, y en 1902, se realiza la última compra de parte de la Jewish Colonization Association”. Este crecimiento dio lugar a la formación de poblados como Algarrobo, Mauricio Hirsch, Moctezuma y Santo Tomás.
El desafío productivo era grande. Muchos colonos habían declarado saber trabajar la tierra, aunque la realidad era distinta. “Eran muy pocos los que sabían de agricultura”, admite Pisolato. Esa falta de experiencia, sumada a las duras condiciones de trabajo, marcó el destino de varias familias. Algunos inmigrantes lograron adaptarse y prosperar; otros debieron retomar sus viejos oficios. “Volvieron a sus antiguos oficios, sastres, carpinteros y zapateros. Muchos triunfaron logrando establecer grandes comercios”.
Desde sus primeros años, Colonia Mauricio fue un espacio de intensa vida comunitaria. La educación ocupó un lugar central. “El barón Hirsch contrató a los primeros maestros que impartieron clases en la colonia. Eran sefardíes de la zona lindera entre España y Marruecos y sabían hablar español. El barón quería que los inmigrantes no perdieran las costumbres, pero que se adaptaran a hablar español, el idioma oficial del país”.
La vida religiosa y cultural fue otro pilar. “No perdieron las tradiciones, acá pudieron practicar su fe”. Hacia la década del 30, en Carlos Casares había un solo templo católico y cinco sinagogas. Hoy, la sinagoga de Moctezuma se conserva como uno de los testimonios más fieles de los primeros años. “Es un edificio construido en ladrillos pegados con barro, con techo a cuatro aguas, muy similar a las sinagogas rurales de Rumania. Tiene todo el mobiliario original, dos torás en su interior y no tiene luz eléctrica”.
Otro sitio clave es el cementerio judío de Algarrobo, nacido a partir de una tragedia climática. “Fue el primer cementerio judío de la provincia de Buenos Aires y el segundo de Argentina (luego del de Moisés Ville)”. A estos puntos se suma el chalé de Marcos Alpersohn, cronista de la experiencia colonizadora y figura central de la literatura ídish en Argentina.
