domingo, 12 abril, 2026

La intolerancia a la incertidumbre y su vínculo con la ansiedad y la depresión

Investigaciones psicológicas explican cómo la percepción de lo incierto como una amenaza puede generar y mantener trastornos emocionales, un tema de relevancia en el contexto actual.

En un contexto global de cambios constantes, crisis económicas y sobreinformación, la incertidumbre dejó de ser una excepción para convertirse en parte estructural de la vida cotidiana. Sin embargo, no todas las personas reaccionan igual ante ella. Investigaciones recientes en psicología coinciden en una idea central: la intolerancia a la incertidumbre es uno de los motores más importantes de la preocupación extrema y los trastornos de ansiedad.

Una publicación de Psychology Today, titulada “La intolerancia a la incertidumbre y la maldición de la preocupación”, describe este rasgo como una tendencia a percibir lo incierto como amenazante. Esta característica está estrechamente vinculada a la preocupación patológica y al trastorno de ansiedad generalizada. En otras palabras, hay personas que reaccionan ante lo desconocido como si se tratara de un peligro inmediato.

El psicólogo británico-estadounidense Graham Davey, investigador especializado en ansiedad, lo sintetiza con una metáfora: la intolerancia a la incertidumbre funciona como una “alergia psicológica”. Es decir, incluso pequeñas dosis de duda pueden generar respuestas emocionales intensas y desproporcionadas. Davey advierte que “la preocupación no resuelve la incertidumbre, solo la mantiene activa”, una idea que resume el círculo vicioso en el que quedan atrapadas muchas personas.

La evidencia empírica refuerza esta explicación. Un estudio publicado por Elsevier en la revista Ansiedad y Estrés, que analizó a más de 500 adultos, encontró correlaciones significativas entre la intolerancia a la incertidumbre, el afecto negativo (emociones como miedo, irritabilidad o tristeza) y los síntomas de ansiedad y depresión. En concreto, la relación con ansiedad alcanzó un coeficiente de r = .52 y con depresión r = .53, lo que ubica a este rasgo como un factor psicológico de gran peso.

La investigación señala que el afecto negativo cumple un rol mediador: no es solo la incertidumbre la que genera ansiedad, sino cómo se la experimenta emocionalmente. Esto refuerza la idea de que el problema no está únicamente en lo que ocurre afuera, sino en los procesos internos que se activan frente a lo incierto.

Esta perspectiva coincide con desarrollos más amplios dentro de la psicología clínica. El psicólogo estadounidense Michael J. Dugas, profesor e investigador en trastornos de ansiedad, sostiene que la intolerancia a la incertidumbre es “un componente central en el desarrollo y mantenimiento de la preocupación excesiva”. Su modelo teórico, ampliamente validado, plantea que este rasgo cognitivo no solo predice la ansiedad, sino que la sostiene en el tiempo.

Desde este enfoque, la intolerancia a la incertidumbre es considerada un factor “transdiagnóstico”. Es decir, no se limita a un solo trastorno, sino que aparece en múltiples problemas de salud mental, desde la ansiedad generalizada hasta la depresión o el trastorno obsesivo-compulsivo. Como señalan distintos estudios, implica “la tendencia a considerar los eventos inciertos como inaceptables y amenazantes, independientemente de su probabilidad real”.

En la vida cotidiana, esto se traduce en conductas muy concretas: necesidad constante de certeza, búsqueda de seguridad en otros, dificultad para tomar decisiones o tendencia a sobreanalizar escenarios futuros. Aunque estas estrategias pueden aliviar momentáneamente la ansiedad, a largo plazo la refuerzan.

El problema, entonces, no es la incertidumbre en sí —inevitable en cualquier contexto humano— sino la relación que las personas establecen con ella. Quienes no logran tolerarla tienden a sobreestimar amenazas, anticipar escenarios negativos y quedar atrapados en el clásico pensamiento contrafactual del “¿y si…?”.

En un escenario social donde la incertidumbre es cada vez más visible —desde la inestabilidad laboral hasta los cambios tecnológicos—, estos hallazgos adquieren una relevancia particular. La psicología contemporánea, especialmente desde los enfoques cognitivo-conductuales, propone un cambio de paradigma: en lugar de intentar eliminar la incertidumbre, el objetivo es aprender a convivir con ella. Esto implica desarrollar herramientas de regulación emocional, aceptar la falta de control absoluto y reducir la necesidad de certezas permanentes.

En definitiva, como sugieren tanto la evidencia científica como los especialistas, la clave no está en predecir el futuro, sino en fortalecer la capacidad de atravesar lo desconocido sin que eso se convierta en una fuente constante de angustia. Lejos de ser una debilidad, tolerar la incertidumbre podría ser en estos tiempos inestables una de las habilidades psicológicas más importantes.

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