Un repaso personal sobre la fascinación infantil por las cuartetas del astrólogo francés y la reflexión posterior sobre el mecanismo de sus predicciones.
En la infancia de muchos argentinos criados a comienzos de los noventa, convivían obsesiones populares como los superhéroes con intereses más esotéricos. Entre estos últimos, la figura de Nostradamus, el astrólogo francés nacido en 1503, ocupó un lugar destacado. Autor de Las profecías, un libro con cientos de cuartetas, se le atribuye haber anticipado eventos históricos como el incendio de Londres de 1666 o el ascenso de Adolf Hitler.
En 1993, con el 490° aniversario de su nacimiento, hubo un resurgir de su figura en medios. Programas de televisión, revistas especiales y hasta una película alimentaron la curiosidad de muchos. Para un niño, la pregunta sobre el origen de sus presagios –¿sueños, vigilia, hipnosis?– quedaba sin respuesta clara en esos contenidos.
La adquisición de un ejemplar de Las profecías en Buenos Aires reveló la realidad: un texto enrevesado, casi indescifrable, lleno de referencias oscuras. Por ejemplo, la Centuria V, cuarteta 8, menciona «fuego ardiente» y «globos horribles», lo que algunos interpretan como los bombardeos atómicos, aunque la lectura no es directa. La Centuria X, cuarteta 72, que cita «el año mil novecientos noventa y nueve, séptimo mes», genera aún más debate, asociándola a eventos como la caída de un asteroide o conflictos bélicos.
La clave para entender la longevidad de estas profecías llegó, para muchos, con una explicación sencilla: Nostradamus usaba un lenguaje deliberadamente ambiguo. Esta ambigüedad permite que sus textos sean interpretados de múltiples maneras y adaptados a cualquier época, haciendo que parezcan acertados independientemente del contexto histórico. Este descubrimiento, a menudo una decepción para el entusiasmo inicial, marcó el fin de una obsesión y el inicio de la búsqueda de nuevos misterios.
