A casi cinco décadas del golpe de Estado de 1976, la reflexión sobre memoria, verdad y justicia mantiene su vigencia. Sin embargo, según la doctora en Ciencias Sociales María Cecilia Míguez, existe una dimensión que ha sido menos explorada: la política exterior de la dictadura y su inserción en el orden mundial de la época. En un análisis reciente, la especialista sostuvo que examinar este aspecto no minimiza los crímenes cometidos, sino que aporta una comprensión más profunda y matizada de los hechos.
El tablero global de la Guerra Fría
Míguez subraya la necesidad de entender el accionar del régimen militar dentro del contexto internacional de la Guerra Fría, marcado por la pugna entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Argentina, como país periférico, no fue ajena a estas dinámicas de poder global. La investigadora plantea preguntas fundamentales para este enfoque: ¿cuál era el orden mundial vigente en marzo de 1976? ¿Qué tensiones específicas atravesaban la confrontación bipolar en ese momento?
Relaciones inesperadas y pragmatismo estratégico
Lejos de una visión simplista de alineamientos automáticos, el análisis revela un panorama de relaciones internacionales más complejo. Míguez destaca que la política exterior de la dictadura no respondía únicamente a un dogmatismo anticomunista. Existieron, por ejemplo, consultas constantes con la Unión Soviética en foros como la ONU e, incluso, visitas de delegaciones militares soviéticas de alto nivel a la Argentina, recibidas por autoridades del régimen.
Este tipo de interacciones, según la académica, desafía la narrativa de una lógica puramente ideológica y muestra cómo los intereses estratégicos y el pragmatismo frecuentemente prevalecían. «Hay sectores que consideran que esa relación era positiva en muchos sentidos», señaló, indicando que la búsqueda de espacios de autonomía y beneficio mutuo coexistía con la retórica de la Doctrina de la Seguridad Nacional.
La influencia asimétrica de Estados Unidos
En paralelo, Míguez analizó el rol central y a menudo determinante de Estados Unidos, particularmente durante la gestión de Henry Kissinger. La relación era marcadamente asimétrica: «Estados Unidos no necesitaba mandar, ni siquiera sugerir; bastaba con preguntar», explicó. Esta dinámica implicaba que cualquier inquietud o «pregunta» formulada desde Washington era recibida con una respuesta afirmativa si era necesaria para el régimen, o con una negativa si no convenía.
Esta presión sutil pero constante de la potencia hemisférica influía directamente en las decisiones de un país que intentaba navegar un escenario internacional de tensiones crecientes y redefinir su posición.
Contextualizar para comprender
La conclusión principal de Míguez es robusta: revisar el golpe de Estado y la dictadura desde su dimensión internacional no constituye un ejercicio de relativización. Por el contrario, se trata de una herramienta analítica indispensable. «Contextualiza, explica y vuelve más inteligible la tragedia», afirmó. Este enfoque no resta un ápice a la responsabilidad por las violaciones a los derechos humanos cometidas en el plano interno, pero sí permite entender las fuerzas, presiones y condicionamientos globales que modelaron aquel período oscuro de la historia argentina, enriqueciendo así el debate sobre la memoria.
