Diego, el odio a las Madres y el destrozo de los símbolos

La hondura desesperada del invierno ya está aquí. Vivimos malos tiempos. El futuro nos asusta. El presente nos maltrata. Percibimos algo que no termina de encajar, una envidiable capacidad de autoengaño: cada uno percibe la realidad a su manera. Tengo un amigo al que le preguntaron que tal había dormido la noche en que Milei ganó las elecciones. Respondió que durmió como un bebé, porque cada cinco minutos se despertaba y lloraba. La desesperanza es contagiosa.

Lo primero que cortó la motosierra del Presidente es el hilo conductor que une a sus seguidores con el pensamiento racional. ¿Qué es eso de no apoyar el genocidio? ¿Qué es eso de no vender un riñón para llegar a fin de mes? Lo esperpéntico, del latín Espert, solo acaba de empezar.

Hay historias que por su propia naturaleza atroz parecen que están en el limite mismo del silencio, de lo que no puede ser contado sin profanación. Las autoridades de Marcos Juárez destruyeron, como talibanes dinamitando budas en Bamiyán, la escultura del «Pañuelo Blanco» de las Madres de Plaza de Mayo. Una autopista directa hacia un universo inabarcable que emerge, crece y se expande sobre un nihilismo frenético de ira, violencia y destrucción de símbolos. Una atmósfera de odio que tiene la insidiosa particularidad de que nunca acaba de satisfacerse. 

¿Qué nos está pasando? Alguien en su sano juicio permitiría picar las lapidas del cementerio de Srebrenica en Bosnia o el Monumento al Holocausto de Berlín. ¿En qué nos hemos convertido? Este pañuelo blanco desfiló por el mundo y provocó el orgullo, el estremecimiento, el dolor, el apoyo y el cobijo de la comunidad internacional. El mundo se arrodilló ante estas madres por su coraje y su determinación ante la Dictadura. Sin embargo para los habitantes de Marcos Juárez este símbolo no los representa, ni les pertenece. Su destrucción no es motivo suficiente para salir a la calle, ni para alimentar un foco de resistencia ante tamaña barbarie.

Vivimos tiempos intuitivamente familiarizados con la injusticia, la inmoralidad, lo irracional, lo impensable; y en este mar de embrutecimiento chapoteamos todos. Da la impresión de que en Marcos Juárez no saben nada del pasado, sólo lo que les han contado. Por eso han empezado por podar pañuelos blancos. Luego irán (ya están yendo) por la «escenografía» kirchnerista, y en un futuro tal vez lo «fumiguen» a Maradona, ese negrito desmesurado que se atrevió a decir que a las madres «las llevo en el corazón». Así lo entendió Milei cuando decidió expandir su «performance» política con la virulenta campaña de violencia verbal e insultos contra Diego: «‘#BuenMartes para los fanáticos de Mardedroga…!!!’, ‘Por mí que se mate'». Algunos no vienen del mono, van hacia él.

La verdadera nostalgia, la más honda, no tiene que ver con el pasado, sino con el futuro. Ahora nos toca vivir lo que se nos ponga por delante, meterse en todos los charcos, desobedecer, salir, enfrentar. Parar el tiempo e imaginar un futuro distinto, esperando que el brillo tímido del amanecer brote pronto como un fulgor luminoso e inasible que emane de la belleza evocadora de la resistencia colectiva.

(*) Periodista, ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo 1979.

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