Hoy mato a alguien… La estremecedora revelación que le hizo a la cajera de un supermercado el asesino de la peluquería de Recoleta

La conmoción es indescriptible en el entorno de Beruti y Austria. En esa esquina está el señorial edificio en el que asoman las dos ventanas que exponían todo lo que ocurría dentro de la peluquería Verdini. Allí se desató ayer un drama cuyos orígenes todavía no están claros, pero cuyas consecuencias irreversibles quedaron a la vista: Luis Abel Guzmán, uno de los estilistas, al cabo de una breve discusión que no parecía presagiar más que la puesta en escena de diferencias, celos o enconos propios de cualquier entorno de trabajo, sacó una pistola y le descerrajó un único y certero tiro al joven colorista Gabriel Medina, antes de dejar la sala, ante la atónita mirada de sus compañeros, y escapar con rumbo aún desconocido.

Los vecinos están sorprendidos, alterados, desolados; están quienes los veían todos los días en el barrio; también, clientes que no pueden creer lo que ocurrió. LA NACION estuvo en la zona recogiendo testimonios. Y uno fue particularmente revelador. La cajera de un supermercado de las adyacencias dijo a este cronista que ayer mismo Guzmán, como solía hacerlo prácticamente a diario, fue al local a comprar algo. Cuando fue a pagar, le dijo. “Hoy mato a alguien”. Escalofriante.

Compró una Coca. Le preguntamos por qué se había cortado el pelo -lo solía usar con una colita y se rapó- y nos respondió: ‘porque voy a matar a alguien’. Nos reímos -incluso él- pensando que era un chiste. Ahora se nos pone la piel de gallina solo de recordarlo”, dijo a este medio la empleada del almacén, situado cerca de la esquina donde funciona la peluquería Verdini.

La propia víctima había ido al comercio por su cuenta. “Germán vino a comprar cervezas un rato antes de que lo mataran. Él era lo más bueno del mundo, era amigo. Buena gente”, cuenta la joven, que hace tres años trabaja en el supermercado y tenía con ellos trato cotidiano.

De los testimonios surge un primer indicio: Guzmán y Medina no se llevaban bien, había tensión entre ellos, celos y envidia. Iban a comprar a los mismos locales, pero nunca iban juntos. También tenían personalidades opuestas, como sugieren al menos dos clientas que hablaron con LA NACION: Abel –como lo conocían al asesino– era irritable, insultaba e, incluso, amenazaba; Gabriel, en cambio, era la expresión de la alegría.

Una vecina que está en el barrio hace tres años y siempre se atendió en Verdini afirmó: “Estoy consternada. Vivo en la esquina. Estoy en shock, me peinó Germán… Había chicaneos, como en toda peluquería pero una ‘pica’ acentuada entre ellos. Se querían desprender de Abel. Nadie le hablaba. No sabían como sacárselo de encima. Él juntó ira durante siete años. Tenía problemas con las clientas. Él hacía alisados. Era raro”. Y para resaltar el contraste, agregó: “Germán era un amor. Era un divino, buena onda. Tenía todo por vivir”.

Es una de las tantas que, por estas horas, no puede dejar de pensar qué pasó y, como tantos otros, teje elucubraciones. “Fue premeditado, lo pensó el martes, que tenía franco. Se había cortado el pelo, entró temprano a trabajar, estuvo todo el día con el arma en la cintura. Podría haber matado a cualquiera de ellos. Eran diez peluqueros y no hablaba con nadie. Hay que agarrarlo”.

Martina, de 25 años, vecina de la cuadra y firme clienta, sostuvo: “Abel era el peluquero de confianza de mi mamá. Eran de confianza, nunca nada raro. Él era muy irritable, se puteaba con todos de la nada, discusiones de trabajo. A un vecino amenazó con cagarlo a tiros. Se notaba que era envidioso. Charly, uno de los empleados, habló con mi mamá y le dijo que fue una discusión. No escuchamos nada. Los vecinos pedimos que la policía se quede en la zona porque él está prófugo y tiene la llave del local”.

Antonio, de 24 años, vendedor del kiosco Sweet Delicious, que está en diagonal a la peluquería, solía atenderlos: “Venían normalmente a comprar, eran muy tranquilos. Uno no espera que sus clientes cometan semejante atrocidad. El agresor no había mostrado indicios de que fuera de esa manera. Compraba chicles, galletas, gaseosas, encendedores. El joven [la víctima] era más suelto, y el grande [el asesino] era más reservado”.

Medina y Guzmán también eran clientes de la fiambrería Kalimnos, situada sobre Austria, justo al lado del edificio donde funciona la peluquería Verdini. Luis, dependiente del local, contó: “Venían siempre a comprar sándwiches. Los dos, para nosotros, son y eran buenas personas. Tenían la mejor onda, aunque nunca venían juntos”.

Juana, de 56 años observa la fachada de la peluquería desde la vereda de enfrente. La misma está repleta de cámaras y periodistas. Cómo tantos otros vecinos que pasan yendo hacia su trabajo, haciendo compras, paseando al perro o por simple curiosidad y asombro. Algunos boquabiertos, otros serios y en el caso de ella, con el ceño fruncido: “No había buen clima de trabajo en la peluquería. Es brutal lo que pasó”

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