Creo que la idea de demonizar al cine argentino no es ni remotamente nueva

Fue un poco una sorpresa” dice Paula Hernández, y habla del llamado de Hernán Musaluppi, el llamado que le ofrecía adaptar al cine el libro El viento que arrasa, la novela de Selva Almada. Hernández justo finalizaba una película, Las siamesas, una de sus varias creaciones desde que rodó Herencia, en 1999. Cuenta Hernández: “Yo había terminado Las siamesas, y llegó el llamado de Hernán Musalu-ppi, muy en el momento indicado. Fue una invitación muy atractiva, fue un libro de una autora que me había gustado, me daban libertad creativa, y me permitía seguir filmando muy rápidamente. Es muy difícil armar un rodaje. Lo que me pasó a mí, fue un lujo, algo que no me había pasado antes”. Y suma a la hora de enfrentarse a la obra de Almada: “Yo había leído otras cosas de Selva Almada, no puntualmente ese material. Tenía un entusiasmo… ese poder descubrir otro libro. La novela me gustó mucho, pero era ‘tramposa’ en términos de guión: tenía escenas cinematográficas, pero no encontraba un guión ahí adentro, me parecía que había que intervenirlo bastante y me daba cierto temor… ¿Cómo abordar un mundo tan diferente a lo que yo venía contando? Y eso entre el entusiasmo y el salto a un lugar nuevo, el mundo rural, teñido por la religión, me confirmaba que había encontrar una forma de dónde contar. Trabajar con temas nuevos me hacían meterme de otra manera. Ése fue el arranque”.  

—¿Cómo elegiste desde dónde contarlo? 

—En la película está el libro y hay otras cosas que no son del libro, que tienen que ver con el mundo del libro, pero quizás son más propias. La decisión era ¿desde dónde contarla? El punto de vista, ella, la acercó un poco a mi mundo: le di la voz a una mujer, una chica en desarrollo con una mirada femenina para ese universo religioso del padre, ajeno, pero interesante para el momento en que está. El punto de vista me confirmó la película. No me gustaba el modo de contar con muchos flashbacks, prefería concentrarme en un viaje, uno solo, que todos esos elementos de resignificar el presente. No quería contar escenas del pasado. Esos fueron los pilares, y ahí la fuimos armando.  

—¿Cómo trabajaste con los actores?

—Creo, que en principio, había un punto de partida que eran cuatro personajes muy atractivos que venían de la novela. Fueron logrando otras aristas, nuevas, en el encuentro de sus mundos tan opuestos. El arco de la película tenía sus desafíos: había que construír un gran día, un día muy largo. Hay que usar esa sensación de limbo que viven los personajes. Pensamos en que eso servía para los conflictos, no era un problema. Funciona un poco como una acumulación de pequeñas tensiones y actos, que van acumulando en ese tiempo estancados, que van creando diferentes movimientos y espejos entre los personajes. Entre todos funcionan diferentes momentos, con la posibilidad de, ¿qué pasa cuando irrumpe un tercero? Por un lado, hubo un trabajo muy riguroso de la escritura, con Lionel, y que después seguí trabajando sola. Después fue el trabajo con los actores, que primero fue lejano, y después encontrarnos, que fue muy bueno (yo lo pedí), nos encontramos antes de filmar, en julio y empezamos en septiembre: cuando vino el trabajo a distancia, ya habíamos estado juntos, y eso ayuda mucho. 

—¿Qué sentís que une a tus películas? 

—Es la pregunta que más cuesta responder. Uno va haciendo sus películas a medida que va viviendo y que va creciendo, yendo para adelante, perdido o no. Entre la primera y la última, siento que hay un abismo, porque también engloban momentos, donde tomé distintas decisiones narrativas. Sí creo que en todas está algo: la pregunta de quién es uno, sobre la identidad, y cuánto hay de lo que uno trae, desde un inmigrante en Herencia hasta ella en esta película, que tiene que descubrir quién es en este universo. ¿Cuánto es lo que viene heredado? Eso está en los personajes y en las historias. Y hay algo en lo vincular, hay algo del trabajo vincular, de ir viendo los universos que tienen otros y cómo eso te marca, y es una herencia para lo que viene.  

—¿Qué descubriste de vos desde ser directora de cine?

—A veces me veo en muchas situaciones personales de la vida cotidiana, funcionando como una directora, y no sé qué vino primero. Algo de eso me hizo ir hacía la dirección, o viceversa. Siempre me gustó contar, narrar, y escuchar. Desde siempre está la idea de la palabra oral o escrita. Y los lugares de observación, eso también. Los lugares de observación. Me puedo pasar mucho tiempo en una plaza o en una esquina, en una fiesta, en un bar. Muchas veces no soy el personaje que está ahí, y me pongo a un costado y me gusta mucho mirar lo que sucede. Eso lo puedo ubicar en muchísimos momentos de mi vida. 

—¿Qué descubriste del arte que solo podías descubrir siendo artista?

—El arte es un lugar de conexión hermoso, con uno y con los demás. Es un espacio de reflexión. Es un lugar para preguntar. Donde, en general, uno no siente respuestas, pero de eso se trata. Hay algo de eso vital de lo que implica una expresión artística. Son muy diversas las artes, claro, una cosa es la relación con la música y otra con la imagen. Hay una frase que decían los hermanos Dardenne que me encantaba, que decía cuando uno estaba en la oscuridad de la sala, uno se encontraba con todos los yo que podía ser también, reflejado en muchas cosas, y después salías a la luz del día, y después uno era el que era, pero eso que habías vivido quedaba sedimentado. Es una linda forma de verlo, de ver el arte del cine, de pensar en cómo se queda con vos. 

—¿Cómo vivís este momento del cine, pensando en primera instancia en las plataformas?

—Sigue siendo igual de difícil que siempre el filmar. Uno se encuentra en una situación diferente, pero todos mis proyectos pasaron por situaciones muy complicadas en relación al contexto. Lo pienso en el sentido de que yo arranqué en plena crisis del 2001 y después vino el conflicto del campo. Después, en otra cuestión de gran crisis en el cine y así puedo seguir contándolo. Nosotros hacemos películas en un contexto que es muy adverso en general. Vivir en este país es una montaña rusa permanente. Vivimos mal, pero eso nos da mucha cintura para hacer inclusive películas. El mundo de la plataforma es como todo lo nuevo que llega, que al principio, parece fantástico, después es un monstruo que te come, y hay que ir encontrándole la forma. Hoy por hoy ocupa un lugar enorme, que iba a suceder, pero la pandemia aceleró. Yo creo que lo que me inquieta es el patrón de contenido, como les gusta decirle, de lo que hay que hacer para estar en una plataforma. A mí eso me cuesta mucho. El espacio de poder ser un autor, diferente en tu mirada a lo que marca el algoritmo es una batalla. Es una realidad las plataformas. Es como negar en su momento, la existencia de la televisión.

—¿Y a la hora del cine argentino y el Incaa?

—Creo que la idea de demonizar al cine argentino no es nueva y ya ha pasado en otros momentos. Es muy doloroso, porque la gente lee el titular y hay muchas que no son ciertas. Por supuesto que uno puede revisar históricamente cuestiones del Incaa que pueden funcionar mal, y lo sabemos desde la primera película que hice, Herencia, en 1999. Te puedo decir todas las instancias por las que pasé, instancias que cuestioné. Hay un gran desconocimiento en el sentido de que exista la ley del Cine, que exista un Instituto de Cine, no solo tiene que ver con hacer película con dinero del Incaa, que no alcanza, pero sí te permite coproducciones, y muchas otras herramientas más institucionales. Es muchísimo más complejo. Es un gran error cortarle las patas a la cultura. Es una industria, a otra escala, pero trae divisas y genera trabajo. Es muy inquietante pensar cómo seguir.

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