La nueva historia de Marcelo Birmajer: Señor Quique y doctor Gil

Quique desaparecía cuando lo visitaba Laila. El ingreso de Laila en su morada despertaba otro ser en el interior de Quique: el doctor Gil. No la esperaba con el agua caliente para el mate, sino con un banquete, que incluía todo tipo de bebidas exóticas.Laila llegaba con poco tiempo, y el doctor Gil casi no…

Quique desaparecía cuando lo visitaba Laila. El ingreso de Laila en su morada despertaba otro ser en el interior de Quique: el doctor Gil. No la esperaba con el agua caliente para el mate, sino con un banquete, que incluía todo tipo de bebidas exóticas.

Laila llegaba con poco tiempo, y el doctor Gil casi no podía disfrutar siquiera de esa media hora, ocupando su mente con el temor a la fugacidad de Laila. Laila hacía su voluntad con el doctor Gil, elegía las movimientos y los escenarios; Gil bailaba a su son.

Laila reía aleatoriamente, o se desencantaba por algún vocablo que Gil no había llegado aún a expresar. Ella le decía que la decepcionaba, que no era suficiente, dudaba de su hombría. Y Gil también. Se diferenciaba tanto físicamente de Quique que parecían dos personas distintas.

¿Y acaso no lo eran? Los cuerpos eran distintos, y el espíritu también. Pero si alguien asesinara a Quique, en el mismo acto moriría Gil. Ambos compartían una misma existencia. No eran gemelos ni siameses; solo en la literatura encontraban una referencia: la nouvelle de Stevenson, El extraño caso del doctor Jekill y Mister Hide.

Quique puso el agua para recibir a Genoveva. Su llegada lo reconfortaba y energizaba. Con ella era displicente, sagaz, enigmático y magnético.

Genoveva exigía que le brindara más tiempo, un compromiso, lo celaba y adoraba. La devoción de Genoveva por Quique se expresaba en varios detalles: inicialmente, la entrega sensual. También en cocinarle, hacerle regalos, interesarse por los más nimios inconvenientes de su vida y profesión. Quique era maestro mayor de obras. Genoveva lo aconsejaba y acompañaba.

Cuando habían intercambiado sus gestos de amor y el diálogo íntimo, Quique prefería que Genoveva se marchara. No la expulsaba, pero le insinuaba que prefería quedarse solo.

Tras su partida, bebía un buen whisky con delectación, comía pescado crudo con elegancia y miraba una película hasta que se dormía con la calma de una piedra en lo alto de una montaña. Por momentos, se olvidaba de Genoveva. Pero al pasar un par de días, y ella convocarlo, acudía o la esperaba, reiterando deliberadamente la ceremonia.

Incluso la casa variaba diametralmente según la huésped fuera Genoveva o Laila. Con Genoveva, los libros y papeles estaban desparramados, los platos sucios, la cama deshecha; y la propia Genoveva se encargaba de poner orden.

Pero Laila solo admitía ingresar en una casa ordenada -a menudo recién dispuesta por Genoveva, antes de marcharse-; y el doctor Gil se esmeraba en dejar todo impecable para ese encuentro.

Pero había algo más que la disposición de los elementos: un cambio ontológico e indefinible, que convertía el departamento de Quique en un piso de soltero, bohemio y atorrante, cuando llegaba Genoveva; o una oficina aséptica, desangelada y muda, cuando acudía Laila.

Genoveva se ausentaba y Quique dormía satisfecho; Laila faltaba, el doctor Gil padecía un insomnio previo y posterior. Gil era doctor en Ciencias Etimológicas.

Estas dos criaturas habitantes de una misma pero innominada entidad, no podían convivir por mucho tiempo más. El doctor Gil acudió a un sabio de distintas categorías para que pusiera fin a su suplicio. ¿Podía el erudito eliminar a Gil de la ecuación, y que solo persistiera Quique, para comportarse del mismo modo con Genoveva y Laila?

Ya no debería soportar la pesadumbre de Gil, su andar encorvado, la falta de swing; la ansiedad y la dependencia. Sólo quedaría el ritmo vital de Quique, su porte erguido, su perfume viril, su espontáneo encanto y su atractiva independencia.

El profesor Luzbel, el sabio en cuestión, experto en ciencias desconocidas, luego de escuchar brevemente el caso -lo conocía de sobra-, ofertó curarle la debilidad de Gil a cambio de su alma. “¿El alma de Gil?”, consultó Quique. Da lo mismo, replicó Luzbel: es sólo un alma para los dos. Ni siquiera son dos. Pero no es algo que te pueda explicar. Sólo tienes que firmar aquí.

En la puerta interna del consultorio de Luzbel, un cartel de madera incinerada anunciaba su título en un idioma desconocido. Quique firmó con una gota de sangre en un pergamino atemporal. Fue la única ocasión en que el señor Quique y el doctor Gil coincidieron en un mismo acto.

Quique salió de aquella reunión aliviado. Pesaba menos, una extraña libertad lo soliviantaba. Pero el anticipo de Luzbel no había sido auspicioso: cuando perezcas, y no digo que eso vaya a ocurrir pronto, tanto tu alma como la del doctor Gil pasarán a ser parte de mis pertenencias. Mis dominios son un misterio: dispondrán de la eternidad para cotejarlos.

Pero en lo único en que podía pensar Quique mientras caminaba hacia su casa era en carear a Laila. Ahora sí: la conquistaría, sería su devota, su cocinera y su adoratriz. Lo anhelaría, lo ansiaría, lo divinizaría. Quique aspiraba a mostrarle a Laila todo lo que podía ser; y quizás, con el tiempo, desprenderse de Genoveva.

Pero Laila no concurrió. Ni aquel jueves, ni al siguiente, ni ningún otro día de la semana, ni de las semanas posteriores, de los meses. Tal parecía que los había abandonado para siempre, al señor Quique y al doctor Gil, sin llegar a enterarse nunca de la extirpación de Gil.

En su búsqueda denodada de Laila, Quique no halló domicilios, ni teléfonos ni señas de ninguna clase. Y al cumplirse un año, atando cabos, siguiendo minuciosamente pistas, acudiendo a los más insospechados recursos, accedió a un conocimiento desesperante y fatal: Laila solo era Genoveva cuando se encontraba con Quique.

WD

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