Enfermeros en la trinchera: “Se hace difícil tener estímulos para ir a trabajar con la intolerancia que hay en la sociedad”

Allí están en un bar, tomando un café doble para despabilarse. Son pasadas las ocho de la mañana de un día de semana, acaban de terminar una guardia nocturna de ocho horas y en dos horas tienen que entrar al otro trabajo. Así viven desde hace dos años, sin respiro, con estrés laboral y emocional,…

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Allí están en un bar, tomando un café doble para despabilarse. Son pasadas las ocho de la mañana de un día de semana, acaban de terminar una guardia nocturna de ocho horas y en dos horas tienen que entrar al otro trabajo. Así viven desde hace dos años, sin respiro, con estrés laboral y emocional, con falta de incentivos por los bajos sueldos, preocupados porque el covid es implacable y ahora temerosos por la intolerancia de la gente, que se tradujo en discusiones, insultos y hasta agresión física.

Martín Baistrocchi (37), Marina Del Regno (29) y Marcelo Zukowski (43) son licenciados en enfermería y le ponen el pecho a esta difícil situación, que con “el capítulo Ómicron ha explotado de casos y los distintos centros de testeos están colapsados”, afirman. Baistrocchi trabaja en el Instituto Cardiovascular (ICABA) y hace atención domiciliaria, Del Regno cumple funciones en la Unidad de Cuidados Críticos Obstétricos de la Maternidad Sardá y da clases en la Universidad de La Matanza y Zukowski hace lo propio en el sector covid del Hospital María Curie, además de trabajar en la terapia intensiva del IADT.

Enfermeros que sufren violencia por parte de los pacientes durante la pandemia. Foto: Andres D’Elia

A las corridas, desayunando apurados y mirando el reloj a cada instante, los tres no lo dudan: “Amamos nuestra profesión, pero queremos ejercerla en mejores condiciones. Lamentablemente no existe la calidad de vida. Tenemos hasta dos y tres laburos… ¿Por qué?“. Y afirman casi en simultáneo: “Si nos surge alguna oportunidad afuera, nos vamos. No es sencillo aterrizar en otro lugar, pero sabemos por conocidos que con un solo trabajo, ocho horas por día, vivís bien, disfrutás la vida, algo de lo que nosotros no tenemos la menor idea”.

Del Regno vive en Merlo, duerme un promedio de 4 horas por día y en su rutina tiene normalizado estar entre 14 y 16 horas fuera de su casa. “Lo único que agradezco es no tener hijos porque calculo que sería una madre fantasma. Yo elegí esta profesión, no me pusieron un arma en la cabeza, estudié mucho y me sigo esforzando haciendo cursos, maestrías y posgrados, pero el laburo está desvirtuado y muy castigado. En el común de la gente está la idea de que el médico es el que está presente, el que cura y el que permanece en el día a día, cuando es exactamente al revés”.

“Es como que estamos en un segundo plano”, complementa Zukowski. “¿Quién pasa las horas con el paciente? ¿Quién escucha los temores, las dudas del paciente? ¿Quién maneja la psicología del paciente? Estamos nosotros los enfermeros, que somos los que muchas veces tenemos que zamarrear al paciente que está caído por un diagnóstico o por alguna palabra del médico. Ojo, no es una disputa contra los médicos, nada que ver, sólo intentamos una reivindicación de nuestro laburo, el de los enfermeros, que es extenuante”.

10-01 Enfermeros que sufren violencia por parte de los pacientes durante la pandemia. Foto: Andres D’Elia

Asiente Baistrocchi, que agrega que “el enfermero es un pilar, una pata fundamental para la contención del paciente. Nosotros estudiamos cinco años y nos fuimos perfeccionando, no cualquier hace este trabajo por el cual luchamos para que se profesionalice. Yo trabajo en un entidad privada y gano un poco más que Marina (Del Regno), que cobra en el sector público un poco más de 50 mil pesos. Eso no puede suceder y mucho menos en tiempos de pandemia, donde a la falta de personal, aislado por contagio, se suma una importante carencia de insumos“.

Justamante la falta de insumos, agregado “a la inexistencia de un plan de contigencia para afrontar esta nueva variante, muy contagiosa, como es Ómicron”, provoca la violencia de la gente. “No aprendimos nada, parecemos novatos enfrentando a la pandemia, cometemos los mismos errores, sufrimos el empobrecimiento de cuestiones básicas como no tener los suficientes kits de testeos para la cantidad de gente que a diario hace las colas. Entonces ¿qué sucede? Que la gente estalla, no se banca que le digan que no porque viene muy recargado“, reflexiona Zukowski.

“Sin solidaridad no hay futuro”. El mensaje de la Asociación de Trabajadores de la Sanidad (ATSA), tras los hechos de violencia: “De seguir con el maltrato y la violencia, no dudaremos en tomar medidas”.

Pero equivoca el enemigo“, apunta Baistrocchi. “Nosotros no somos el enemigo de las personas, ¿por qué se las agarran contra nosotros como si fuésemos los enfermeros los que decidimos hasta dónde se testean? Hay un horario, por supuesto, pero si no tenemos los insumos necesarios para cubrir la demanda, ¿qué tenemos que hacer, pagarlo de nuestro bolsillo?“.

Días atrás la Asociación de Trabajadores de la Sanidad emitió un comunicado dejando entrever la preocupación por los repetidos hechos de intolerencia en el que los médicos y enfermeros se vieron involucrados. “No deben caer sobre nosotros los enojos, resentimientos, ni el agotamiento. No permitiremos el maltrato. Estamos haciendo todo lo que está a nuestro alcance para testear y atender a la mayor cantidad de pacientes posibles. Les pedimos a la sociedad comprensión y consideración”.

Foto: Andres D’Elia

Tanto para Del Regno, como para Baistrocchi y Zukowski “esta tercera ola pegó distinto en la gente, en el ánimo y en la cabeza. Supongo que debe tener que ver con el excesivo calor durante muchos días seguidos, pero también con las urgencias de muchos que se iban a testear porque viajaban, porque se juntarían con familiares”, desliza Marina. “Lo que noto yo es como una suerte de psicosis de la gente, que se iba a testear dos o tres veces por semana, aún sin tener síntomas y con el peligro que eso lleva de pescarse el virus en la cola”, enfatiza Martín. “Esta nivel de contagios no estaba en los planes, sorprendió, nadie se la vio venir y la gente evidencia hartazgo“.

Cuando hablan de que no hay un plan de contingencia, los trabajadores de la salud apuntan “a una organización a nivel general. Por ejemplo: para controlar el ausentismo las empresas piden un PCR para comprobar la situación de sus empleados y ese es uno de los motivos por los cuales se producen cuellos de botella en los testeos. ¿Por qué las empresas privadas no implementan un testeo privado, con un móvil, en la puerta de la compañía? ¿Es tan difícíl?”, propone Baistrocchi.

“En la ciudad de Buenos Aires hay 19 centros de testeos, son muy pocos”, detalla Del Regno. “En mi caso particular, en el Sardá somos 350 enfermeros de los cuales hay 40 que están aislados, lo que representa más de un diez por ciento del personal, con lo cual nosotros estamos muy exigidos. Hasta empezó a correr un fuerte rumor de que nuestras vacaciones corren peligro. Imaginate que muchos de nosotros hace dos años que no paramos”.

10-01 Enfermeros que sufren violencia por parte de los pacientes durante la pandemia. Foto: Andres D’Elia

“¿Qué sucedería si empiezan a caer soldados? ¿Qué pasa si el contagio cobra masividad en el sector enfermería? ¿Estamos con enfermeros suficientes para salir a cubrir esos puestos?”, pregunta de manera retórica Zukowski. “La respuesta es no, ¿entonces? Si eso ocurriera, que no sería algo descabellado por cómo vemos que se comporta esta cepa, se saldría a buscar enfermeros a último momento y sin la experiencia necesaria que exige un momento como el que estamos atravesando. Hay escasez de personal especializado y eso lo termina pagando el paciente“.

Para Marina, Marcelo y Martín, la pandemia era como una oportunidad “para visibilizar las tareas que lleva a cabo un enfermero, un actor principal en el área de salud, para, quizás alcanzar el reconocimiento social que nunca tuvo, tuvimos... Pero bueno, fueron dos semanas de aplausos al principio de la pandemia, luego pasamos al olvido y ahora se acuerdan de nosotros para putearnos o agredirnos”, expresa con un dejo de amargura Baistrocchi.

Otra vuelta de café. Miran sus relojes, el tiempo los arrincona. “Obviamente la mayoría de la gente agradece nuestro laburo, pero basta con que un puñado se comporte de manera hostil como para arruinarlo todo. A partir de diciembre hemos advertido cómo se incrementó ese malhumor social, esa intolerancia e irrespetuosidad hacia el trabajador. Somos de carne y hueso, ¿alguna vez pensaron en nosotros? Yo vivo en Merlo, tengo cuatro horas de viaje, ida y vuelta, y también arrastro mis problemas, la falta de testeos incluye a mi familia también”, hace saber Del Regno.

“Uno entiende que el paciente tiene la prioridad, obviamente, pero tiene que existir el registro hacia el otro. Y no me refiero en situaciones límite, eso está más que claro, sino especialmente a momentos de espera, que sabemos que es tediosa pero no podemos hacer más de lo que está a la vista. Nosotros venimos con una acumulación de horas insalubres, con muy poco descanso, mal alimentados y trabajando en condiciones a veces lamentables”, enumera Zukowsli. “No tenemos los insumos y nos putean, se las agarran con nosotros”.

Del Regno se indigna ante tamaña injusticia. “Nosotros ponemos la carita, no nos ocultamos, estamos acá y nos comemos las cachetadas de la gente y hacemos mutis. O tenemos que bancarnos al familiar que nos insulta y nos prepotea de una manera inconcebible. Y tampoco decimos nada, aguantamos, tragamos, el tema es que no damos abasto”.

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