Gastón Alto, en Tokio 2020: cuando el tenis de mesa dice que solo la cuarta es la vencida

El objetivo era llegar a Atenas 2004. Gastón Alto se había clasificado para el Preolímpico de tenis de mesa que se realizaba en Chile, pero él estaba en España, no tenía la plata para costearse el viaje y no asistió. Tuvo la chance de formar parte de Pekín 2008 y el mendocino jugó el torneo…

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El objetivo era llegar a Atenas 2004. Gastón Alto se había clasificado para el Preolímpico de tenis de mesa que se realizaba en Chile, pero él estaba en España, no tenía la plata para costearse el viaje y no asistió. Tuvo la chance de formar parte de Pekín 2008 y el mendocino jugó el torneo clasificatorio, ahora sí, pero el pasaje se le escurrió. En Londres 2012 vivió el mismo sinsabor: el 23 veces campeón argentino buscó un ticket que no alcanzaría, debido a la exigencia de los rivales. Hasta allí era una historia de desencuentros olímpicos; los cinco anillos resultaban para él una ornamentación extraña. Pero Río 2016 fue la gran oportunidad, y así la recuerda el tres veces medallista panamericano: “Ahí estuve cerca, venía jugando bien, el cuadro se puso accesible”. Llegó a cuartos de final y se colocó 3-1 arriba, a falta de ganar un set para clasificarse, aunque lo perdió 4-3…

Pasaron 17 años de su primer intento, Gastón Alto ya tiene 35 años y entró a un nuevo al preolímpico de Tokio. “Pensé que ya sería el último”, reconoce Gastón, que aclara rápido: “No por las ganas, sino por la edad; los chicos vienen con todo”. El sorteo del cuadro le dio una buena oportunidad, pero perdió. Fue al sorteo del repechaje y le tocó el “cuadro de la muerte”. Aunque a fuerza de garra y derechazos esquivó a la dama con guadaña y llegó al duelo decisivo. Si ganaba ese duelos estaba en Tokio. Enfrente estaba el dominicano Wu Jiaji, “que si le juego diez veces probablemente me gana las diez”, admite Gastón. Y acá es donde lo que debía suceder, no sucedió.

“Por momentos lo vi nervioso a Wu, porque las cosas me estaban saliendo bien”, recuerda Gastón. El match definitorio se jugaba en Rosario, tenía la barra brava del tenis de mesa a su favor. “El aliento del público ayudaba”, asegura, y él le dio un punto para que la tribuna se viniera abajo. Alto iba arriba 3 a 2 en sets, los fantasmas de Río amenazaban con aparecer, Wu atacaba de forma despiadada y Gastón se aferraba a la mesa como Jack a la puerta del Titanic. Tirado al fondo de la cancha, defendió diez disparos fulminantes para ganar el punto. Pegó un grito, apretó el puño y miró a la tribuna como diciéndoles que 17 años y cuatro Juegos Olímpicos no habían pasado en vano. Que no había perdido tantas clasificaciones para dejar pasar ésta. Que Gastón Alto estaba ahí para ganar su lugar en Tokio.

Comenzó a pegarle a esa pelotita de 4 centímetros de diámetro y 2,8 gramos a los 7 años. A los 9 ingresó a la selección argentina; dos años después viajó al Sudamericano de Venezuela y a los 13 participó en la Olimpiada juvenil en Rusia. “Cuando llegaba de cada viaje la directora me hacía pasar delante de todos y me felicitaba. A mí no me gustaba porque me daba una vergüenza terrible” recuerda el alumno Alto. Fue campeón argentino en todas las categorías de edad y a los 16 lo sumaron a la selección de mayores. “Pero de esa época, el único recorte de diario que guarda mi mamá es de cuando nos metieron presos por protestar en la secundaria”, se ríe Gastón. Habían expulsado a un compañero y todo el curso hizo una sentada enfrente del colegio, hasta que prendieron fuego una cubierta y llegó la policía. Todos detenidos a la comisaria…

“¡Que no mienta porque yo guardo todo de él!”, asegura Mistue Higa, 68 años, nacida en Japón, llegada a los 3 años a la Argentina y madre de Gastón. “Yo soy su fan número uno, que no te vaya a decir otra cosa”, amenaza al cronista de esta nota, “si cuando no puedo conseguir el recorte se lo pido a algún otro que tenga el diario. Estoy muy orgullosa de mis hijos porque han hecho una carrera en base a mucho esfuerzo”. El otro hijo es Matías, 7 años mayor y el responsable de que Gastón juegue al tenis de mesa.

“Yo copiaba todo lo que hacía Mati”, reconoce Gastón, “así empecé a jugar y así me hice hincha de Boca”. También comenzaron a enfrentarse sobre la mesa de 1,52 metros por el doble de largo. “Al principio siempre me ganaba, y yo le pedía que nunca me deje ganar, que si lo hacía fuera por mérito mío”, recuerda el hermano menor. Hasta que Matías cumplió 20 y Gastón, con 13, le ganó el primer partido. Así lo describe Matías: “Gastón es agresivo, temperamental, luchador, siempre se la hace difícil a los rivales”. Incluso se la complicó al propio Matías.

“Con mi hermano también damos clases en nuestra escuela de tenis de mesa, porque sino no, alcanza”, cuenta Gastón. “Alguna vez he tenido algún sponsor, pero con la pandemia se cortó todo”, explica uno de los dos únicos argentinos clasificados a Tokio en su deporte -el otro es Horacio Cifuentes-. “Las gomas que cubren la pala salen 70 dólares y duran 10 días, la madera de la paleta cuesta 200, pero de tanto pegarle les hacemos microfracturas y al año hay que cambiarlas. Por eso, si pueden poner mi Instagram así sumo seguidores y vuelve algún sponsor”, pide a LA NACION. Representar a la Argentina es un orgullo enorme y para toda la vida, pero con eso no se paga el alquiler.

Luego de no haber ido a los Juegos de Río, Gastón consiguió jugar para un club de la primera división de Austria una temporada y después estuvo tres años en la cuarta división de Alemania. Si bien Asia es la mayor potencia del tenis de mesa, Europa es el lugar de mejor crecimiento para los argentinos. O al menos lo era, hasta que un virus asiático llegó al viejo continente. “Estábamos con Candela [Molero, su pareja en dobles mixtos y en la vida] y otra chica de la selección, Ana”, relata Gastón lo que terminó siendo una odisea: “Eran las once y media de la noche y vemos en la tele que estaban por cerrar la frontera y se suspendía el torneo que íbamos a jugar. Salimos de la cama y dijimos: vamos porque si no, nos quedamos acá atrapados. Salimos a las 12 de la noche, cruzamos Polonia, República Checa, Austria (recién ahí dormimos una hora) y llegamos a Alemania a las diez de la mañana. Actuó muy rápido nuestra Federación, nos cambiaron los pasajes y tuvimos otra noche en tren, de Múnich hasta tomar el vuelo en Frankfurt”. Capaz de acelerar una pelotita a 120 km/h, aquella vez Gastón fue más rápido que el imparable coronavirus.

El deporte más popular en China no es tan conocido en el otro extremo del globo. “Sí, toda la vida me pasó eso”, reconoce Gastón, al momento que tiene que contar a un desconocido de qué vive. “Siempre se sorprenden, piensan que es un juego para el quincho mientras hacés el asado”. Sin embargo quizás ésa sea una buena forma de diferenciarlo, según el tres veces campeón sudamericano: “ping-pong es lo que se juega en los asados, el tenis de mesa es un deporte”. Por si no queda claro: “Muchos juegan a la pelota, pocos juegan al fútbol”.

Ganador del Olimpia de Plata en 2013 y 2019, fue a la ceremonia con un objetivo claro: “Quería sacarme una foto con Román”. Explica Gastón: “Soy muy pero muy hincha de Boca, tengo el escudo tatuado, y fanático mal de Riquelme”. Pero los muchachos de seguridad del astro no entendieron de su fanatismo y no lo dejaban acercarse a su ídolo. Ni siquiera valieron las credenciales de Gastón que también es tricampeón nacional de futsal. “Fue Román el que me vio y les dijo que me dejaran pasar”, cuenta alegre, como si hubiese sucedido anoche. “Nos sacamos la foto. ¡Pero podés creer que la perdí!”.

“Mis papás siempre me apoyaron, me impulsaron mucho a que me entrene, me bancaron un montón en las derrotas, para que no me frustrara. Fueron un pilar muy importante en la formación”, valora Gastón. “Pero me decían que, aunque jugara, siguiera estudiando. No lo hice y me arrepiento”. Intentó hace 5 años estudiar educación física: “Pero no pude, ya estaba Valentino (su hijo) con un año. Ahora quiero ver de hacer algo a la distancia, tengo que hacerlo porque se puede”.

Daniel, su papá, le ha preguntado en más de una oportunidad cómo hace para soportar la presión de los torneos, de la competencia en Europa. Gastón se sorprende: “¡Yo le digo lo mismo a él! ¿Cómo hace para aguantar caminar cinco días seguidos durante 12 horas en la montaña?”. Daniel (70) es alpinista, hizo varias veces cima en el Aconcagua, también en el Mont Blanc. “Hace poco cruzó a Chile con esquíes”, cuenta orgulloso Gastón “y ahora quiere subir una montaña en España. El tema es que los compañeros para acompañarlo se le están poniendo viejos”. Nacido en Mendoza, su hijo ve la cordillera con otros ojos: “Para mí la montaña es para ir a comer un asado”.

Su madre, Mitsue (69) también es muy activa, corre largas distancias. Pero ambos progenitores comparten la misma limitación. “Nos pone muy, muy nerviosos verlo jugar”, confiesa su mamá “porque siempre queremos que gane. No porque nos importa si gana, sino para que él no sufra si pierde”.

Cuando Gastón juega en Mendoza, intentan ir a verlo. “Yo me animo a meterme al estadio y doy vueltas por todas las mesas”, cuenta Mitsue, “mi marido no se anima a tanto y se queda dando vueltas por afuera”. Al final ella no pide mucho: “Lo único que nosotros les deseamos es que sea feliz con lo que hace este niño, porque para mí sigue siendo un bebé. Lo llamo cada día cuando está afuera y lo extraño mucho si un día no puedo hablar con él. Mi marido dice que soy hincha, pero después me pregunta a mí cómo está Gastón”.

Este niño de 35 años llegó con esa paleta que empuñó a los 7, a los Juegos Olímpicos, cumplió esa cuenta pendiente, y espera cumplir otra: “Espero que ahora, aunque sea por la tele, los viejos me vean jugar”.

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