Murió Diego Maradona: el “cebollita” que conocí en Fiorito

El potrero, las primeras gambetas, los sueños que comenzaron a volar alto en esa barriada del Conurbano sur.Fecha de publicación: 26 de Noviembre 2020, 00:41hsMaradona, en sus comienzos en Villa Fiorito cuando jugaba con en los potreros del barrioTeníamos veinte años. Se nos iba la vida en cada jugada. El campeonato era por eliminación, había…

Murió Diego Maradona: el “cebollita” que conocí en Fiorito

El potrero, las primeras gambetas, los sueños que comenzaron a volar alto en esa barriada del Conurbano sur.

Maradona, en sus comienzos en Villa Fiorito cuando jugaba con en los potreros del barrio

Teníamos veinte años. Se nos iba la vida en cada jugada. El campeonato era por eliminación, había comenzado temprano a la mañana, y seguramente iba a definirse cuando la luz fuera menguando, y muy posiblemente por penales. Nos sentíamos protagonistas de una epopeya, pero quizá lo realmente importante estaba fuera de las líneas que marcaban los límites de la cancha barrosa: que Diego Maradona fuera a sus ocho años uno de los chicos que miraban el partido y alcanzaban la pelota cuando se iba afuera.

Entre los jugadores había un joven habilidoso, al que conocíamos como “El Indio”, que resultó ser el cuñado de Diego, esposo de una de sus hermanas mayores (nacieron cuatro mujeres antes que él, en la familia de ocho hermanos). Había otros familiares, y era costumbre llevar a los chicos a la cancha. ¿Y si entre ellos estaba el futuro ídolo, el rey del potrero, el que hoy nos convirtió nuevamente en un puño cerrado llorando por Argentina?.

Si ocurrió –y hoy tengo más que nunca el deseo de que haya sido así- el dueño del Olimpo futbolístico estuvo observándonos a comunes mortales que corríamos detrás de la redonda, ya desvanecido el universal “sueño del pibe” de triunfar en el fútbol, que él concretaría glorioso.

Jugábamos a metros de su casa natal, en Fiorito, un lugar que entonces era un inmenso descampado en el que iban apareciendo casi a diario nuevas casas para ir convirtiéndolo en barrio. Pocas eran de material, la mayoría de techos de chapa, como la suya en el 523 de la calle Azamor, de tierra como todas. El asfalto tardaría décadas en llegar. Yo viví, mientras duró su infancia, a solo diez cuadras de su casa, en la contigua Villa Caraza. Eran campeonatos bravos, en los que además de adquirir habilidades se forjaba el temple, a veces con verdaderas batallas en el barro.

Fue poco después que se difundió la icónica grabación en la que aparece haciendo jueguito junto al arco con el 10 en la espalda, suyo para siempre. Un pequeño ya con el sueño grande de ser campeón mundial. Se fue pronto del potrero que -sueño- alguna vez coincidimos en pisar, cuando lo descubrió el buscador de talentos Francisco Cornejo, que lo llevó a Argentinos Juniors.

El éxito no fue inmediato, y su infancia fue como la de todos los pibes de esas barriadas, con alegrías y privaciones. Con salidas módicas, como tomar el tren con sus amigos hasta la estación Alsina, y llegar a la mítica pizzería La Blanqueada. “Nos comprábamos una única porción entre todos –para más no daba- y la comíamos así, un mordiscón cada uno”, contaba en su autobiografía. La pizzería ya no está, el tren dejó de pasar, la estación es un despojo ruinoso y las vías están semicubiertas por el pasto, como si se confabularan para hacer más triste su ausencia repentina.

Pelusa y la gambeta, su mejor aliada en los potreros de Fiorito.

Esos recuerdos son inseparables –lo sé por experiencia propia- de los que evocan las angustias de las madres humildes de familias numerosas, que tienen que retacear a sus hijos las monedas para que el presupuesto hogareño no se desequilibre. Diego los conjuró cuando con sus primeras ganancias le compró una casa nueva a Doña Tota. Cuando llegó la prosperidad disfrutó de la opulencia, el confort y la elegancia de la gran ciudad. Pero nunca se fue emocionalmente de Fiorito, que por su parte lo adoptó para siempre como su orgullo.

Mientras recorría en triunfos el mundo, se convirtió crecientemente para su barrio –sumido en el abandono, la violencia y las carencias- en prenda de honra, dignidad y autoestima. No solamente en lo deportivo. Los vecinos que sufrieron pérdidas y tristezas durante la guerra de las Malvinas se sintieron reivindicados por los goles que les marcó a la soberbia de los ingleses.

No tuvo una vida fácil, pero siempre recordaría con nostalgia su niñez de calles de tierra y pelotas improvisadas. “Tengo un recuerdo feliz de mi infancia, aunque si debo definir con una sola palabra a Villa Fiorito, digo lucha”, contó una vez. Después hizo la felicidad de millones, pero la celebridad le cobró caras sus mieles. En abril de 2004 visité Nápoles, para revisar su paso por la ciudad que lo adoró. Habían transcurrido trece años desde su último partido, pero cuando entré al local de los tifosi del Commando Ultra Napoli, agitaron banderas y entonaron el “ho visto a Maradona” como si se estuvieran preparando para ir a verlo jugar en ese momento.

En la calle los napolitanos lo vivaron y me hablaron de él como si nunca se hubiera ido. Como si no hubiera existido ese doping aciago que derivó en la suspensión por más de un año y desveló la hondura de su drogadicción, además de despertar la profusión de rumores sobre su relación con la “camorra”, la mafia napolitana, que siempre desmintió. Visité a Cristiana Sinagra en su casa, al final de una calle empinada desde la que se veía el mar. Diego Junior tenía ocho años, y la encontré convencida de que Diego fue feliz como nunca con ella.

Me fui de Nápoles con la sensación de que, para Diego, Nápoles fue el lugar más parecido a Fiorito en el que le tocó estar. Porque también allí se jugó, nuevamente, algo más que el fútbol: la reivindicación del Sur pobre contra la Italia opulenta del Norte. Y me alejé sin poder despegarme el fervoroso canto de amor de los napolitanos a su ídolo:

Idolo napolitano

O mamma, mamma, mamma,

sai perche’ mi batte il corazon?

Ho visto Maradona …Ho visto a Maradona…

Hoy, imbuído de la tristeza que provocó su muerte, también me latió el corazón (como, seguramente, a muchos de los que jugábamos en las canchas de Fiorito), pensando…¿ Me ha visto Maradona?

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