Festival de Cine de Mar del Plata: Sofía Coppola se reencuentra con Bill Murray, Sofía Loren con la cámara y el terror vuelve a gozar de buena salud

On the rocks/En las rocasSofía Coppola se reencuentra con Bill Murray (y se pasa al streaming) ¡diecisiete años! después de Perdidos en Tokio. Y sin contar el especial para TV A very Murray Christmas. Su nueva colaboración se llama On the rocks/En las rocas, y es una comedia dramática en apariencia liviana y retro, que…

Festival de Cine de Mar del Plata: Sofía Coppola se reencuentra con Bill Murray, Sofía Loren con la cámara y el terror vuelve a gozar de buena salud

On the rocks/En las rocas

Sofía Coppola se reencuentra con Bill Murray (y se pasa al streaming) ¡diecisiete años! después de Perdidos en Tokio. Y sin contar el especial para TV A very Murray Christmas. Su nueva colaboración se llama On the rocks/En las rocas, y es una comedia dramática en apariencia liviana y retro, que también implica el regreso de Coppola a lo que imaginamos su mundo: la Nueva York de la clase alta, culta, progre y refinada. Con guiños a las screwball comedies de los cuarenta, cruzada con una cadencia Woody Allen.

En la bella zona sur de Manhattan vive Laura (Rashida Jones, de la estupenda Parks&Recreation, y por cierto hija de otra leyenda, Quincy Jones) una escritora en pleno bloqueo creativo, casada, con dos niños. Cuyo mundo sin problemas se oscurece de pronto por una nube de sospecha. Cree tener buenos indicios de que su atractivo marido, muy absorbido por el trabajo en una compañía tecnológica, que lo lleva a ausentarse con frecuencia de casa, la engaña con una compañera.

Rashida Jones y Bill Murray en On the rocks/En las rocas, de Sofia Coppola.

Para descubrir la verdad tendrá un aliado, nada menos que su padre, Felix (Murray). Un merchant de arte dandy, bon vivant, seductor empedernido de mujeres de la edad de su hija y personaje de los círculos arty más sofisticados. Ni hará falta decir que Murray está impecable en ese rol, con su humor deadpan y su melancolía como parte de su gracia y su elegancia únicas. Como en Perdidos en Tokio, —que muchos volvimos a ver con gran placer en este año pandémico—, Coppola hace de su argumento una excusa para explorar un vínculo, una relación entre un hombre y una mujer de distintas generaciones. Allí con tintes románticos, entre el actor maduro, hastiado, y la joven solitaria (Scarlett Johansson); aquí, entre un padre y una hija.

Es inevitable imaginar que Coppola juega con el ida y vuelta entre esta historia y su propia vida, como hija de una de las grandes leyendas del cine. Como un espejo, las escenas entre los dos dan cuenta de lo bueno y lo malo que puede ser tener un padre como ese. Divertido, poderoso y entrometido. Que apenas le abren la puerta se mete con todo en la “aventura” de espiar a su yerno. Un personaje muy desdibujado, como subescrito, que cumple un rol tan funcional como olvidable.

La aventura de padre e hija incluirá un pase a la acción, con carreras a alta velocidad en autos vintage y hasta una escapada clandestina a México. Aunque lo más interesante de On the rocks, una película menor con indudable encanto, está en la peculiar interacción entre sus dos protagonistas. Y la ciudad, y la presencia del icónico Murray, y la construcción de ese Felix glamoroso, entrañable y peligroso, que deja una estela de melancolía. Así, si el balance la aleja de lo memorable, hay una mirada humana, inteligente y llena de (buen) humor hacia esos personajes. Lo que la convierte, más en estos tiempos duros, en una más que buena propuesta. De las que se ven con placer.

The dark and the wicked

Después de la excelente Relic, con Emily Mortimer y su hija lidiando contra la demencia senil de la madre/abuela, llega otro muy buen film de horror psicológico, o terror a secas, con el deterioro de la vejez en el centro. Y cómo impacta en los hijos culposos, impotentes, inútiles frente al desmoronamiento psicológico. En este caso, el que sufre la madre, sola en un rancho de ovejas, en una aislada zona rural. Sola con un marido postrado, casi un cuerpo en una cama a la espera de la muerte.

Hasta allí llegan los hijos Michael y Louise. Llegan preparados para acompañar a la madre en el duro trance de despedida inminente, pero no para encontrarla cortándose los dedos como si fueran zanahorias, o hablando incoherencias con entidades aparentemente imaginarias. El director Bryan Bertino, después de la perturbadora Los extraños y la más reciente El monstruo, mejora sus posibilidades para la creación de climas ominosos, de una oscuridad creciente. Para usar las buenas ideas visuales, y su muy buen elenco (especialmente Marin Ireland) con potencia y convicción.

Marin Ireland en The dark and the wicked, de Bryan Bertino.

Así envuelve a sus personajes en esa atmósfera, cada vez más densa. Como presos de esa casa desvencijada, a cargo de esas cabras que parecen de santería y magia negra. A medida que pasan los días, entre pesadillas que no lo parecen, visitas de otros personajes que quizá tampoco sean lo que aparentan, y una paulatina certeza de que hay algo malvado que quiere apropiarse de todos ellos. Entre la culpa, la pena y el horror, los hermanos parecen también atrapados en su propio túnel. En una película que, como Relic, y luego de su espeluznante final, deja una estela de profunda desolación y tristeza. Y nos recuerda que el horror y el dolor son hermanos, como ellos. Parientes de sangre.

La vida ante sí

De espaldas. Sofía Loren aparece de espaldas por primera vez en La vida ante sí, y pone la piel de gallina. Dirigida por su hijo, la diva italiana aceptó volver al cine después de diez años, a sus 86, para encarnar a un personaje clásico: Madame Rosa, la exprostituta judía, ya veterana, que sobrevive guardando en su casa a los hijos de sus viejas colegas. El papel que interpretó Simone Signoret en 1977, en la película que, como esta, se basa en la novela de Romain Gary.

Ahora el mundo es otro, y otros sus dramas. Edoardo Ponti, hijo de Loren y del legendario productor Carlo Ponti, pone el acento en el de los migrantes que buscan un futuro en Europa, muchos de ellos niños solos. Huérfanos o lanzados a la “aventura” de sobrevivir por sus padres que quedaron lejos, en los países de origen.

Sofía Loren e Ibrahima Gueye, en La vida ante sí, de Edoardo Ponti.

Aquí es el punto de vista de uno de ellos, un conflictivo chico senegalés (Ibrahima Gueye) que Rosa acepta a regañadientes, y a pedido de un amigo al que debe favores. Neorrealismo rosa, tituló algún crítico con puntería: la pintura social de La vida ante sí, lejos de la sequedad casi documental de aquel cine italiano, político y de vanguardia, está aquí cargada de sentimentalismo. Endulzado su cruce de barbaridades de ayer (ella es sobreviviente del Holocausto) y de hoy, y con una exposición de esos conflictos que pierde su potencial tensión apenas arranca el camino. No importa tanto. La corrección de La vida ante sí, que no pasa de correcta, puede leerse como lo que acaso sea, la mirada de un hijo tan obnubilado como nosotros por la magia de Loren frente a la cámara.

A sus 86, Sofía Loren volvió a trabajar en cine después de una pausa de diez años. Suena para el Oscar.

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