Las Leonas, a 20 años: de la lluvia de mails a convertirse en celebridades que se codeaban con Tinelli y Susana

En medio de la cuarentena, a Vanina Oneto se le dio por reacomodar su casa. Y en medio de esa limpieza se encontró con una caja llena de mails impresos hace 20 años. Las hojas algo amarillas y algunos textos ya ilegibles no le impidieron emocionarse y recordar aquellos días sin redes sociales ni Whatsapp…

Las Leonas, a 20 años: de la lluvia de mails a convertirse en celebridades que se codeaban con Tinelli y Susana

En medio de la cuarentena, a Vanina Oneto se le dio por reacomodar su casa. Y en medio de esa limpieza se encontró con una caja llena de mails impresos hace 20 años. Las hojas algo amarillas y algunos textos ya ilegibles no le impidieron emocionarse y recordar aquellos días sin redes sociales ni Whatsapp de Sydney 2000. El origen de las Leonas.

“¿Sabés cuál fue el primer parámetro de que algo acá había pasado con las Leonas?”, interpela del otro lado del teléfono la goleadora de esa Selección. “En Atlanta 1996 había fax, pero en Sydney ya había una sala con, ponele, 50 computadoras. Nos habíamos abierto los primeros mails y en los Juegos también te daban un mail. Entonces la gente que tenía ganas de buscar, buscaba tu mail olímpico y te escribía. Y algunos, no me preguntes cómo, conseguían tu mail personal. Entonces entrabas al mail y el primer día tenías 50. Era una bomba, porque siempre había 2: tu mamá y las chicas del club, ponele. Y me acuerdo el día que les dije: ‘Chicas, tengo 67 mails y no conozco ni a la mitad’. Y al otro día 150, 400 y así”, recuerda.

Había un problema, claro. En la Villa Olímpica solo se permitía media hora de Internet por atleta. “Imprimíamos los mails y los leíamos en la habitación. Pero cada vez eran más y tuvieron que empezar a sacarnos porque hacíamos trampa, obvio, para estar más tiempo en la compu. Porque al principio no iba ningún otro país pero después empezaron a ir y había cola afuera y te ponían un timer para largar la computadora. Así que robábamos minutos todo el tiempo e íbamos en horarios insólitos”, dice. “¿Cuántos tengo? No tengo todos, pero 300 todavía están guardados”, afirma.

La diferencia horaria y la escasa comunicación complicaban dimensionar la magnitud del impacto mediático de ese equipo. “Mi ecuación, con los mails, era que 400 personas, más el club, nos estaban viendo”, suelta Oneto.

Las Leonas, en Sydney, cuando todavía no había debutado la camiseta con la leona.
Foto Archivo de Vanina Oneto

“Yo mandaba un mail y mi mamá me decía: ‘Ay, todo el mundo te ve’. Y yo pensaba que mi mamá, mi papá, mis hermanos, las chicas del club y ponele que el hockey se había copado. Eso era lo único que se te ocurría. ¿Qué habrá: diez mil personas mirándonos a las 4 de la mañana? Mi mamá me decía: ‘Marcan récords de audiencia, tienen 3 puntos’. Y yo me acuerdo que lo contaba y nos reíamos, porque para nosotras 3 puntos de rating no era nada, porque los programas de tele abierta tenían rating de 45. ‘Chicas, mi mamá, pobre, dice que nos ve la gente’, les decía. Cero noción”, agrega.

Sin dudas, terminaron de comprenderlo al volver al país y llegar a Ezeiza. “Cuando me voy del aeropuerto, veo estacionados autos después del peaje con banderas argentinas y carteles. Y le digo a mi mamá: ‘Ma, ¿viene la Selección de fútbol hoy?’ No me lo olvido más”, cuenta entre risas.

‘No, Vana’, me contesta cuando justo veo que uno decía Leonas. ‘Esto es por ustedes’, me dice. Yo me acuerdo que me tiraba de la ventana y saludaba. No había 300 millones de autos, pero había gente que nos había ido a recibir, ¿entendés? Había más gente que solo hockey”, explica.

Magui Aicega también lo recuerda: “En ese momento yo no era consciente. Nos decían: ‘Chicas, miren que lo de ustedes en Sydney pegó mucho en el país’. Y cuando llegamos a Ezeiza pensamos que venía la Selección de fútbol y por eso había tanta gente. Nos decían: ‘Mañana quiere Tinelli que vayan al programa, después Susana’. Llegamos al aeropuerto y estaba CQC. Cosas que yo solo veía por televisión. Fue un golpe al principio. Te preguntabas qué es todo esto. Y después uno empieza a acostumbrarse, entre comillas. Nosotras estábamos metidas en nuestra burbuja. Habíamos sido subcampeonas, pero estábamos recién arrancando para ser las mejores del mundo”.

Vanina Oneto, rodeada por fanáticas en el aeropuerto de Ezeiza. Foto DyN

También tuvieron que afrontar que sus rivales creyeran que la medalla de plata “había sido suerte”. “El resto decía: ‘Muy bien por Argentina pero vamos a ver cómo les va el próximo’. Y el próximo fue el Champions Trophy, que ganamos en Holanda con victorias ante Australia por primera vez en la historia y ante Holanda en la final -remarca la defensora-. Después Perth, campeonas del mundo. Entonces, Argentina ya no tenía suerte: Argentina era el mejor del mundo. Todos querían venir a jugar acá para ver qué hacen estas pibas que ganan y no tienen nada. Y empezaron a copiar entrenamientos. Teníamos que saber llevar ese “peso” de ser las mejores del mundo”.

Ese entrenamiento que ahora copiaban había comenzado en 1998, cuando Luis Ciancia se convirtió en head coach y los seleccionados de hockey dejaron las madrugadas en las canchas de Marangoni en el Parque Las Heras y comenzaron a practicar a la mañana. “Les propusimos entrenar de lunes a jueves de 8 a 11 y dos veces a la tarde. Todas las chicas lo aceptaron”, recuerda Cachito Vigil.

También fue fundamental Luis Barrionuevo, con “ese auto a control remoto que iba y volvía”, dice Magui sobre una época sin drones. “Cada día implementábamos cosas. Dábamos la vuelta al CeNARD con chalecos con peso, tobilleras y muñequeras. Te mataba. Pero no hacíamos preguntas: hacíamos lo que nos decían. Y eso es confianza. Cuando hay confianza, tarde o temprano el logro llega“, aporta.

El cuerpo técnico encabezado por Cachito Vigil, a plena risa en Perth 2002.

El equipo también luchaba contra una situación económica, política y social complicada en Argentina, que impedía los viajes al exterior. “No íbamos a tener mucha competencia, porque no había plata, y teníamos que generar una competencia interna muy grande. Nos propusimos entrenar 11 meses al año como si fuese un club, pero con 6 estímulos semanales de Selección, más los 3 del club, más allá de que se compita o no. El entrenamiento no era para cumplir, era para crecer“, remarca el técnico.

“Y entrenando todos los días se empezó a construir una familia de sueños y a partir de esa familia empezaron a ser amigas de sueños”, afirma Vigil, que estuvo acompañado por Claudia Medici, Luis Barrionuevo, Lalo Junquet (luego Gabriel Minadeo), el doctor Francisco D’Angelo, el kinesiólogo Sergio Lemos y la psicóloga Nelly Giscafré.

HS

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