Víctimas de su propia soberbia

En el medio de aquella serie de Copa Davis en el Parque Roca, la Asociación Argentina de Tenis reconoció a Guillermo Coria por su notable trayectoria y quien había llegado a convertirse en su momento en el mejor tenista del mundo en polvo de ladrillo, les dijo a los periodistas, palabras más palabras menos: “En…

Víctimas de su propia soberbia

En el medio de aquella serie de Copa Davis en el Parque Roca, la Asociación Argentina de Tenis reconoció a Guillermo Coria por su notable trayectoria y quien había llegado a convertirse en su momento en el mejor tenista del mundo en polvo de ladrillo, les dijo a los periodistas, palabras más palabras menos: “En mi carrera siempre me rodeó gente que sólo me decía que yo era el mejor, que sería el número 1 del mundo y que me cansaría de ganar dinero y títulos. Hoy, ya retirado, les aseguro que soy igual a todos ustedes”. El recuerdo viene por la confesión que Mariano Puerta le hizo al diario La Nación cuando el cordobés afirmó que “fue mentira” la defensa ideada para su doping de Roland Garros​ 2005.

Encerrados en una “burbuja” ideadas por su entorno y aceptadas por ellos mismos desde sus tiempos de juniors hasta el final de sus carreras profesionales, algunos de los jugadores argentinos de aquella mejor generación del tenis nacional pecaron por irresponsables o por ser excesivamente ingenuos al confiar en sus equipos de trabajo. Ellos fueron, al cabo, la síntesis de las desprolijidades que traían casi desde que empezaron a tomar el tenis como medio de vida.

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Un buen ejemplo es el de aquella insólita derrota en la final de la Copa Davis de 2008 -se podía perder, claro, pero no de la manera en la que se perdió- que ya no debe tener más interrogantes. España ganó porque los argentinos hicieron esa argentiniada tan típica de creerse los mejores, los intocables, los ganadores antes de salir a la cancha. Todavía hoy se lamenta David Nalbandian​: “Perdimos la Davis en casa y contra una España sin Nadal…” Esos jugadores que estaban acostumbrados a ganar todos los fines de semana y a ocupar los mejores lugares del ranking hacían afuera de la cancha lo que querían. Hasta con la gente más cercana. Jugaban al límite y no se cuidaban. Puerta, por ejemplo, pagó las consecuencias. Y en vez de recordarlo por sus logros deportivos vuelve a la memoria de todos por la trampa que hizo.

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