Portazo de la oposición a las sesiones remotas en la Cámara de Diputados

La oposición de Juntos por el Cambio comenzó a revisar su adhesión a los protocolos de sesiones remotas en la Cámara de Diputados que vencen el 7 de agosto.La experiencia de la semana, con el botonazo de Cristina Kirchner a Esteban Bullrich para quitarle el uso de la palabra en el Senado, y el agrio…

Portazo de la oposición a las sesiones remotas en la Cámara de Diputados

La oposición de Juntos por el Cambio comenzó a revisar su adhesión a los protocolos de sesiones remotas en la Cámara de Diputados que vencen el 7 de agosto.

La experiencia de la semana, con el botonazo de Cristina Kirchner a Esteban Bullrich para quitarle el uso de la palabra en el Senado, y el agrio discurso de cierre de Máximo Kirchner ​en la sesión de Diputados del viernes, parece convencerlos de que el oficialismo quiere guerra y no política con ellos.

Las actitudes de los dos familiares que gravitan sobre el control de las cámaras les llegaron como un rechazo a cualquier convivencia posible.

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Para algunos son rasgos de estilo, que en política nunca explican mucho, y en todo caso son perdonables en una dama experimentada y en un joven que arranca, de la mano, su carrera política prebendado como el hijo del dueño del boliche.

Sin embargo, esas actitudes responden a sólidos motivos que obligan al peronismo a endurecer el gesto para sacar, cada tribu, ventaja por sobre las demás que integran la propia coalición. En el Senado, el gesto de Cristina ocurrió en una sesión en la que el oficialismo, que tiene una mayoría apabullante de bancas, ganó por una diferencia de 40 a 30, mucho menor a lo esperable.

El motivo fue que aplastó el debate entre los senadores de las dos veredas y rechazó sin discusión el proyecto que promovía Bullrich.

Le costó a Cristina un resultado propio de una cámara en paridad de fuerzas. Un patinazo de su conducción. En Diputados, la oposición acordó un proyecto de prórroga de quiebras, y aportó para que la sesión arrancase con el número suficiente. Pero cuando se trató la moratoria, Juntos por el Cambio y otras fracciones como la izquierda, rechazaron el artículo 11° en la votación en particular con 121 votos, sobre los 130 del oficialismo.

Ese artículo fue señalado como una ayuda del gobierno a empresas en quiebra o con directivos procesados, como es el caso del grupo Indalo. Esos 121 votos pudieron ser más porque JxC tuvo dos ausentes. Hasta 124, si el lavagnista “Topo” Rodríguez no se hubiera abstenido. El peronismo, con 130, apenas estuvo un voto por encima de los 129 del quórum.

Sergio Massa preside la semana pasada la sesión de Diputados.

Se justifica la bronca de Máximo, que dinamitó con un speech anti-Macri la leyenda de mansedumbre que habían intentado instalar los medios amigos (de él) de que es una versión descafeinada de sus padres.

La reticencia para seguir con sesiones remotas pone en aprietos a la oposición, que teme la acusen de esconderse.

Pero también al oficialismo, cuya misión es llamar a participar en el sistema. En el Senado, retiró del debate ya dos proyectos, que se aprobaron sujetos a vetos anunciados del poder Ejecutivo. Un disparate institucional porque el Congreso es la sede de los debates, que vienen ya recortados por el sistema de las sesiones remotas. Si Bullrich estaba en el recinto, Cristina no hubiera tenido el recurso de sacarlo del uso de la palabra. Son cosas imposibles en las presenciales, más allá de que ella, que no es senadora, no es quién para opinar del tema del cual está hablando un legislador.

El bloqueo del debate define una política que expresa más que gestos de temperamento, y desmiente otra leyenda, la que presume que los componentes de la tríada Alberto, Cristina, Massa pelean entre sí.

Por el contrario, tiran juntos y, en todo caso, disputan fuerzas para controlar a los otros, como en cualquier matrimonio de conveniencia. Esa política es un ejemplo de lo que algunos llaman “la predisposición autoritaria”, que suele encarnarse en personas o grupos que no pueden tolerar la complejidad. Actúan con un instinto anti pluralista por encima de las ideologías. “Cortalo, porque no entiende”, ordenó Cristina sobre Bullrich.

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