Vocabulario cuarentenal: De “edadismo” a “zoom”, paradojas de la cotidianidad

Muta la realidad y muta la lengua. Con prisa y sin pausa, creamos etiquetas para reflejar una cotidianidad que es ajena, pero a la nos vamos acostumbrando.Esta columna se convirtió en un inventario de palabras urgentes.¿Cuáles quedarán?¿Cuánto van a tardar en llegar al diccionario? ¿Cuánto tienen de efímeras?No sé. De certezas nos estamos quedando vacíos,…

Vocabulario cuarentenal: De “edadismo” a “zoom”, paradojas de la cotidianidad

Muta la realidad y muta la lengua. Con prisa y sin pausa, creamos etiquetas para reflejar una cotidianidad que es ajena, pero a la nos vamos acostumbrando.

Esta columna se convirtió en un inventario de palabras urgentes.¿Cuáles quedarán?¿Cuánto van a tardar en llegar al diccionario? ¿Cuánto tienen de efímeras?

No sé. De certezas nos estamos quedando vacíos, pero las preguntas están a la orden del día. Aunque el movimiento y la inestabilidad se hicieron palpables en todos los saberes, en lo que concierne a lo lingüístico el “relativismo” ocupa un lugar preponderante. Si antes nos preguntábamos si la lengua moldeaba al pensamiento o viceversa, hoy la necesidad se impone. Percibo y nombro, sería la regla.

El director de la Fundación del Español Urgente (Fundéu) Javier Lascuráin da cuenta de este panorama: “No hay que pedirle permiso a nadie para jugar, para experimentar con algo tan nuestro como es la lengua. Lo haremos bien o mal, las creaciones que se nos ocurran encajarán en la norma o no, solo las usará nuestro entorno más cercano o se extenderán por el mundo, se olvidarán mañana o durarán para siempre… pero hay un enorme valor en ellas”.

Dicho esto a modo de introducción y para entender cómo entre todos estamos haciendo la lengua de la “nueva normalidad”, vamos a develar el enigma de las cuatro dudas del título.

Del “edadismo” al “zoom”

Aunque aparentemente no tengan mucho que ver, en lo profundo están relacionadas. La tensión entre los viejo y lo nuevo se puso en juego con la llegada del virus y la necesidad de adaptarse se volvió un imperativo.

No hay que pedirle permiso a nadie para jugar, para experimentar con algo tan nuestro como es la lengua. Javier Lascuráin, director de la Fundación del Español Urgente (Fundéu)

“Hacemos un zoom”, “armá un zoom”, “vos sos la anfitriona”. Hasta hace unos meses, para mí zoom era una palabra de “jerga” que hacía referencia a un efecto de aproximación de la lente en un acontecimiento fotográfico. Estaba lejos de mi realidad y oírla solo me hubiera retrotraído al tiempo en que mi novio me sacaba fotos con la Cannon. Hoy una parte de la vida pasa por “zoom” o similar. Tuvimos que habituarnos rápido a la herramienta y participar de “videoreuniones”, “videocumpleaños” -un bochorno, a mi gusto- y ser testigos de cómo se desarrollan las “videoprevias”, esas juntadas con música y alcohol que organizan los jóvenes. Para terminar de describir el fenómeno, no quiero dejar de mencionar, el “me la paso zoomeando”. Hijo de la necesidad, el verbo “zoomear” ya está en boca de muchos.

Hasta hoy, en el diccionario de RAE, esto no aparece reflejado. El registro de la palabra remite tanto al “objetivo de distancia focal variable, que modifica el ángulo de visión con el efecto de acercar o alejar la imagen” como al “efecto de acercamiento o alejamiento de la imagen obtenido”. Además, se recomienda usar la forma zum -o sea castellanizarlo- o ponerlo en cursiva si se elige la grafía inglesa.

Esta apropiación del nombre de la herramienta para representar estos eventos sociales no presenciales da cuenta de cómo lo nuevo parece avasallar toda frontera. Frente a este fenómeno, los viejos podrían resultar los mayores damnificados del nuevo orden. Aquí viene esta cuestión del “edadismo”. Se define de este modo, la discriminación a las personas mayores o, para ser más literales, la discriminación por la edad. El término se forma como “racismo” o “sexismo” y refleja una realidad similar. Si bien en la Antigua Grecia, la gerusía o consejo de los ancianos era símbolo de respeto y sabiduría; en Occidente, la tendencia a dejar de lado lo viejo precede a la pandemia. Una sociedad que pretende comprar la eterna juventud no parece relacionarse muy bien con los valores que representan aquellos que ya recorrieron gran parte del camino. En este sentido, el apetito por permanecer “vigente” y ganarle al tiempo se ha acelerado con el virus. Entender y adaptarse rápido parecería ser la clave para impedir el tan temido “quedarse afuera”.

La cotidianidad cuarentenal

Para cerrar, retomo la idea de Lascuraín de jugar con las palabras. En este desafío de representar lo que nos pasa, todos entendimos que “cuarentena” puede ser más de cuarenta y -tal como lo indica el diccionario- se usa para designar un periodo de aislamiento social. De ese sustantivo, ya surgió el adjetivo “cuarentenal” tan útil para describir acontecimientos de la época: “aburrimiento cuarentenal”, “crisis cuarentenal”, “divorcios cuarentenales”.

Lo último no es nuevo pero sí frecuente. ¿Es cotidianidad o cotidianeidad? “Tanto ‘cotidianidad’ como ‘cotidianeidad’ son términos válidos para referirse a la cualidad de cotidiano”. Esta aclaración de Fundéu es del 27 de abril. Claro, en España no paraban de hablar de la urgencia por recuperar los hábitos que les había quitado el coronavirus y, a la hora de escribir, surgía la duda.

La pandemia, el virus y el aislamiento aburren. Hasta la semana pasada pensaba cuándo iba a poder pasar a otro tema. Dejé de hacerme esa pregunta cuando entendí que la noción de tema es mezquina para reflejar la “mamuschka” de percepciones y sentimientos de la que estamos siendo protagonistas. Quizá el camino sea este, acompañar desde aquí con este humilde inventario.

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