Varones que bordan: deconstruyendo la masculinidad en la escuela

Magalí Vendramini es maestra de inglés de profesión, pero hace un año y medio redescubrió una habilidad que trata de promover en mujeres feministas, pero también en sus alumnos y alumnas de primaria. Cuando se le rompió el teléfono celular, decidió no reponerlo y en su tiempo libre, se sumergió en el mundo de los…

Varones que bordan: deconstruyendo la masculinidad en la escuela

Magalí Vendramini es maestra de inglés de profesión, pero hace un año y medio redescubrió una habilidad que trata de promover en mujeres feministas, pero también en sus alumnos y alumnas de primaria. Cuando se le rompió el teléfono celular, decidió no reponerlo y en su tiempo libre, se sumergió en el mundo de los hilos de colores, los bastidores y las agujas: el universo del bordado.

“Cuando era chica, en primer grado, mi mamá me enseñó a hacer telar. Me gustaba hacer cosas con las manos, y como era muy inquieta, supongo que le pareció que me haría bien. Luego nunca más hice nada. Volví entonces al bordar, a hacer algo que me gustaba, me ponía contenta”, recuerda. “Descubrí a través del bordado que era otro tipo de persona, más sensible”.

Magalí no necesitó ir a clases para formarse. “Fui aprendiendo sola, vi tutoriales en internet y fui probando”, explica. La mayor parte de sus creaciones tienen que ver con las luchas feministas. Por eso, creó Bordados Sororos, un emprendimiento que no tiene como objetivo el lucro, sino la resignificación de un arte milenario y que conecta a mujeres a través de la creación.

“Di cuatro talleres de iniciación al bordado. Después las alumnas se interconectan para consultarse compartir sus producciones. En cuanto a las mías, casi todas tienen que ver con las reivindicaciones de las mujeres y disidencias. Dibujo o busco ilustraciones y les pido permiso a sus autoras para bordarlas. A veces son ellas las que se quedan con mis bordados”, cuenta.

Consignas feministas en Bordados Sororos. Foto: Facebook.

Magalí no piensa en sus talleres como una fuente de ingresos, de manera que el costo es bajo, solo cobra lo necesario para cubrir los materiales. Su objetivo es que haya cada vez más bordadoras. “Vinieron 60 mujeres, y este domingo veinte valientes van a exponer en Tierra Violeta, gracias a la generosidad de Diana Maffia”, invita.

En generaciones anteriores, la clase de Labores incluía corte y confección y bordado para las nenas y carpintería o electricidad para los varones.

Hay varias iniciativas similares en el mundo, un entramado de bordadoras que usan el arte textil para expresar sus luchas. “Strong is the new pretty” (Fuerte es el nuevo bonita), “Mind your own uterus” (Metete en tu propio útero) “Smash the patriarchy” (Aplasta al patriarcado) tienen su correlato local en “MIrá cómo nos ponemos”, “Yo te creo hermana” y “Será Ley”, en manos de bordadoras argentinas.

La profesora tiene sus preferencias en cuanto a materiales. “A mí me gusta bordar con hilo más que con lanas. La lana ofrece menos textura y más relieve. El hilo permite entrelazados que me divierten más, y toma más tiempo. No me gusta empezar y terminar en una hora”, dice Magalí.

El bordado, según Magalí, es una “práctica milenaria, que se traspasaba de generación en generación”. Pero su interés es sacarlo del ámbito de hogar. “La imagen de la mujer bordando las iniciales del hombre en un pañuelo, o en su camisa, o en las sábanas, o bordando manteles durante horas no es la que quiero. Les digo a mis alumnas ‘ustedes están bordando lo que ustedes quieren, y eso ya es un montón’. El hombre era el destinatario del bordado, y no participaba en ningún momento del proceso”, critica.

La cruzada de Magalí para difundir el bordado como arte liberador empezó por casualidad, gracias a la propuesta de una colega suya, maestra de arte, que le ofreció enseñarles a sus alumnos a crear con hilos y agujas.

El bordado era un arte milenario que se transmitía de generación en generación, solo entre mujeres. Imagen: Albert Anker

“Era chicos de cuarto grado, que también era alumnos míos de inglés, sabían que yo bordaba, y tenían mucha curiosidad“, recuerda. Cuenta que los chicos entraron corriendo al aula, y cuando entraron en contacto sensorial con el hilo, la aguja y el papel, ingresaron en un clima totalmente diferente. Había silencio, concentración. “Es útil para la corporalidad, el manejo de la frustración. Yo uso papel para enseñar, es una base más resistente y adecuada que la tela y el bastidor”.

“Cuando yo era chica, en la clase de tecnología mis compañeros hacían aeromodelismo y yo recortaba gomaeva. A mí me enojaba, porque se suponía que yo no podía hacerlo”, lamenta. En generaciones anteriores, la clase de Labores incluía corte y confección y bordado para las nenas y carpintería o electricidad para los varones. Mientras las nenas cosían dobladillos o bordaban punto vainilla, los nenes manejaban destornilladores y martillos o armaban veladores.

“Hace diez años eso se empezó a criticar. Pero cuando se tomó conciencia de que estaba mal enseñarles bordado sólo a las nenas, en lugar de enseñarles a los varones también, se eliminó totalmente“, se queja Magalí. “Venimos a hacer de abuelitas”, decían sus primeros alumnos de bordado porque vinculaban ese arte a las personas mayores y a las mujeres.”Pero se entusiasmaron tanto que pedían quedarse en el recreo o llevarse la aguja a la casa para continuar”, se admira. “Además, adquieren habilidades que desconocían. Cuando a una nena se le hizo un nudo con el hilo , un varón, uno de los más movedizos, se ofreció a ayudarla. Ella dijo que se suponía que ella tenía que ser mejor para eso, y yo se lo cuestioné: ‘dónde está escrito eso’ “.

Los chicos bordaron sus nombres sobre papel, entrelazaron colores, ensayaron distintos motivos. “El segundo año, di clases en 6to y 7mo grado, y en inglés, que es mi otra materia. Nada mejor para el programa que vincular dos asignaturas”, concluye.

Magalí advierte que en las nenas se están diluyendo cada vez más el tema de los roles tradicionales. “Eso se nota en las clases de Educación Sexual Integral. Sacan conclusiones que nos sorprenden, más allá de lo esperado por las docentes. Ocho de diez de mis alumnas practican fútbol. Y las cuestiones de género se toman con mucha naturalidad”, observa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *