No hay nada más viejo que seguir preguntándose por la muerte del rock

Sex Pistols, menos de 20 años y casi no sabían tocar En definitiva: lo que dejó la semana En la Argentina suelen darse discusiones culturales que creemos que son globales. Una de ellas tiene que ver con el rock como género musical dentro del conglomerado de la industria musical. “El rock murió” es una afirmación…

No hay nada más viejo que seguir preguntándose por la muerte del rock

Sex Pistols, menos de 20 años y casi no sabían tocar

En definitiva: lo que dejó la semana

En la Argentina suelen darse discusiones culturales que creemos que son globales. Una de ellas tiene que ver con el
rock como género musical dentro del conglomerado de la
industria musical. “El rock murió” es una afirmación recurrente entre los que generalmente no escuchan música. Es cierto que como género musical representativo de las generaciones jóvenes, el rock ha perdido su lugar frente al frenético y económico ritmo de producción del hip hop y todos sus sucedáneos latinos.

El pop (que desde los 70 se había nutrido del pulso fresco del rock) también empezó a abrevar en las generosas fuentes de los híbridos hechos por productores, máquinas y algoritmos. El rock como música se corrió del mainstream. Aquel sueño (más mítico que real, cabe añadir) en el que un grupo de chicos arma una banda y termina tomando el mundo por asalto para terminar viviendo en mansiones no existe más. Por suerte para el rock. Apartarse es casi lo mejor que le pudo pasar como expresión artística en los últimos 40 años. Sucede que la cultura rock (no sólo la música) es mucho más amplia y grande que tres acordes de guitarra distorsionada. Significa un estilo de encarar proyectos motorizados simplemente por el hecho de crear algo propio, remando contra la corriente (familiar, social, de rango etario), perdiendo zonas confort y sin esperanzas de rédito económico. Hoy parece utópico, pero hasta antes de que The Beatles se transformara en un fenómeno galáctico, el rock solamente rockeaba. De hecho eso continuó por décadas: la industria probaba suerte con voces plurales que emergían con una tensión sónica nueva y muchas veces esa apuesta comercial traía muchos frutos.

Pero el mercado ya no está para arriesgar y encontró una nueva fórmula donde los músicos, sus egos y sus demonios indomables no son deseables. Es más fácil trabajar con productores e influencers. No obstante, si uno analiza las plataformas de música, cada vez hay más rock, más bandas y escenas funcionando liberadas de las ataduras de los gerentes de los sellos y, sobre todo, del tonto sueño de pegarla. Vuelve la autenticidad de una cultura que influyó las artes plásticas, el teatro, la moda, la vida cotidiana (y lo sigue haciendo). “Si el rock está muerto o no, les importa más que nada a los que lo ven como un negocio. A mí me parece que el rock promovió una serie de cambios que géneros que como el trap no promueven. Al trap le falta violencia, es una música muy liviana que refleja el sistema de vida actual”, dijo Daniel Melero en una entrevista recientemente.

“Lo bueno de la muerte del rock es que va a volver a su lugar de origen: cambiar la mente de la gente”, expresó Sergio Rotman hace unos días. Lo de matar cosas parece un deporte de la sociedad del siglo XXI, hundida en las redes sociales, extremada en sociopatías de “malos” y “buenos”, y fatigada intelectualmente. “Internet ahogó las guitarras eléctricas porque es muy difícil tocar bien y es más fácil hacer música con la compu”, expresó Ca7triel, uno de los representantes de la nueva generación pop que pronto se presenta en el Luna Park. ¡Si lo hubieran escuchado los Sex Pistols que no sabían tocar nada! El rock, que de ningún modo es sólo una guitarra eléctrica, nunca fue fácil. Si en cambio, se ha esforzado por la “búsqueda de la búsqueda”, salir de los esquemas tradicionales, anhelar lo distinto. Se trata, en definitiva, de un impulso de libertad. ¿El rock ha muerto? Nada más viejo que preguntárselo.

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