Las 24 Horas de Le Mans y un film que retrata una época inolvidable

Hay un punto, al alcanzar las siete mil revoluciones por minuto, en el que todo se desvanece. El auto se vuelve ligero. Desaparece. Todo lo que queda es un cuerpo que se mueve a través del espacio y el tiempo”. A los futuristas -el movimiento de vanguardia del arte italiano de principios del siglo XX-…

Las 24 Horas de Le Mans y un film que retrata una época inolvidable

Hay un punto, al alcanzar las siete mil revoluciones por minuto, en el que todo se desvanece. El auto se vuelve ligero. Desaparece. Todo lo que queda es un cuerpo que se mueve a través del espacio y el tiempo”.

A los futuristas -el movimiento de vanguardia del arte italiano de principios del siglo XX- les habría encantado tener a mano esta suerte de versos hípersensoriales para definir el cine y su potencia. Lo cierto es que hicieron formulaciones parecidas: “Afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras, con su radiador adornado de gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil que ruge, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”, decía Marinetti, padre del futurismo, hacia 1909, y se sabe que una potencia equivalente le auguraba este movimiento al cine.

De algo que se mueve en el tiempo y el espacio mientras el resto del mundo pierde espesor a su alrededor ha tratado a menudo el cine de Hollywood. La frase inicial, esa de las siete mil revoluciones por minuto, se escucha de boca del legendario corredor de autos Carroll Shelby al comienzo de
Contra lo imposible, título local de
Ford v. Ferrari -también conocida en buena parte del mundo como Le Mans 66- mientras se sumerge en esa otra dimensión. Corre 1959 y Shelby se está convirtiendo en el primer piloto americano en ganar las 24 horas Le Mans, la carrera más prestigiosa y peligrosa del mundo, y las imágenes acompañan estas palabras expresando su brutal contraparte material; el riesgo de, en la próxima curva, volcar, estrellarse, estallar; fundirse en una bola de metal y fuego y pasar a ser, literalmente, uno con la máquina. David Cronenberg había filmado ese impulso y ese morbo en
Crash (1996), basada en una novela de J.G. Ballard. Y aunque la historia que cuenta Contra lo imposible es otra, algo de ese impulso adrenalínico y mortuorio parece ser lo que motoriza, en última instancia, a sus personajes.


Christian Bale interpreta al explosivo Ken Miles y Matt Damon, al visionario Carroll Shelby

Así que si el cine estadounidense tiene una larga relación con el automóvil (otra industria con una fuerza equivalente en la cultura de su país), una película como esta debía necesariamente traer consigo una enorme carga simbólica. La de Ford versus Ferrari en las 24 horas de Le Mans de 1966 es una historia cuya épica no se limita al evento competitivo en cuestión. A comienzos de los 60, la Ford, comandada por el nieto de su factótum, Henry Ford II, alias The Deuce, había perdido el lugar de automotriz insignia entre las nuevas generaciones de nosteamericanos, los
babyboomers, los hijos de los veteranos de guerra que alcanzaban la adolescencia y disponían de algo de dinero para gastar. La fábrica que había sido modelo de la economía nacional parecía no estar en condiciones de proveerles un auto bueno, accesible y, a la vez, cool. El diseño moderno por excelencia pertenecía ahora a la escudería de Enzo Ferrari que, entre otros logros, había ganado cuatro de las últimas cinco ediciones de Le Mans.

“En los años 50 y 60, las 24 horas de Le Mans no eran tan solo una carrera -dice A. J. Baime, periodista y autor de un libro que contó esta historia diez años atrás:
Go Like Hell: Ford, Ferrari And Their Battle For Speed And Glory At Le Mans (Corre como el demonio: Ford, Ferrari y su batalla por la velocidad y la gloria en Le Mans)-. Esta competición era en rigor la herramienta de marketing más magnífica que la industria de los autos deportivos había conocido jamás”. También era terriblemente peligrosa: era el evento en que tuvo lugar la mayor tragedia de la historia de las carreras, cuando el Mercedez Benz 300 SLR de Pierre Levegh chocó y sus partes, disparadas a toda velocidad, se cobraron las vidas del piloto y de no menos de 75 espectadores. El libro de Baime describe un mundo extinto, en el que General Motors y Ford eran dos de las compañías más poderosas del mundo, el petróleo era aún abundante y barato, y “nadie compraba un auto por su bajo consumo energético ni por su seguridad, sino por su velocidad; y los corredores eran héroes que aparecían en las tapas de las revistas”.

Fue idea de un ejecutivo del equipo Ford, Lee Iacocca (fallecido este año a los 94, legendario cocreador del Mustang), intentar comprar Ferrari, que en 1963 estaba quebrada debido al alto costo que entrañaban sus procesos comparativamente artesanales. Hacia allí lo envió Ford II, con un séquito de burócratas y una oferta de entre diez y veinte millones de dólares. Pero cuando la operación parecía estar a punto de cerrarse, Ferrari apeló a una cláusula relativa al control de su marca en las competiciones de alto nivel, y canceló todo. La leyenda indica que mandó a los muchachos americanos de vuelta a casa con palabras poco amables para El Deuce, y aunque algunos creyeron que todo el
affaire no había sido más que una farsa destinada a subirle el precio a la compañía antes de vendérsela a Fiat, el dueño de Ford reaccionó con despecho, ordenándole a su equipo la creación, a cualquier costo, de un auto capaz de vencer a Ferrari en Le Mans en la siguiente carrera, para la cual faltaban poco más de tres meses.

Con esta misión imposible, Iacocca acudió a Carroll Shelby, quien, diagnosticado con una irremediable afección cardíaca, había tenido que dejar el volante y se había reinventado como diseñador y fabricante de autos. A su vez, Shelby convocó al piloto británico Ken Miles -veterano de guerra con varias hazañas sobre sus espaldas-, quien fue muy resistido por los responsables de marketing de Ford, ya que su estilo temperamental y un poco chiflado no cuadraba con la impecable imagen corporativa a la que aspiraba la empresa. Shelby defendió su elección porque consideraba que, si había alguien capaz de ayudarlo en esa tarea improbable, era este piloto y mecánico con una conexión prácticamente sobrenatural con los motores; acaso el único que podría guiarlo en el proceso de corrección de infinidad de aspectos de la máquina -ligereza, frenos, estabilidad- necesarios para darle pelea a Ferrari en una competencia de resistencia -de máquina y humana- que ya parecía llevar el nombre de los italianos. De esta sociedad creativa nació el Ford GT40, hoy mítico, aunque le llevó un poco más que lo planeado conquistar Le Mans.

“Hay que imaginarse la escena. 250 mil personas. Cámaras de televisión por primera vez. Todo el mundo viendo la carrera: era como el Súper Bowl de la velocidad”, dice una voz en off al principio de
The 24 Hour War (2016), documental que, en el cincuentenario de aquella edición de Le Mans, les puso caras y voces reales a esta historia más potente que la ficción.

“Yo veía mi libro como un relato de acción y aventuras -dijo Baime-, y como una historia cultural acerca de la fascinación por la velocidad de los 60. Pero entendí que es también una historia sobre el universo de los negocios, acerca de una compañía que intenta sobrevivir en el amanecer de la globalización”.


La película que se estrena este jueves presenta al visionario Carroll Shelby y al conductor Ken Miles, en el desafío de construir un automóvil -el Ford GT40- con el fin de derrocar el dominio de Ferrari en la mítica carrera de resistencia.

Rápidos y furiosos, pero de verdad

La historia del enfrentamiento entre Ford y Ferrari por Le Mans estuvo a punto de convertirse, hace unos años, en una película con Tom Cruise (que en los 90 tuvo su propia incursión pistera con la recordable
Días de trueno) y Brad Pitt. Pero aquel proyecto nunca se concretó y, como señalaron varios críticos tras la primeras exhibiciones festivaleras de
Contra lo imposible, hoy no podemos imaginar este relato con otros actores que no sean Matt Damon (prestando su perfecto carisma y sensibilidad de
all-american boy a Shelby), Christian Bale (en otra incursión camaleónica y al borde de la locura como el explosivo Miles), Jon Bernthal (Iacocca) y Tracy Letts (Ford II), ni sin la dirección de James Mangold, que viene de filmar grandes películas, no todas suficientemente reconocidas, como la
remake de
Tren de las 3:10 a Yuma. El resultado es un drama vertiginoso, potente, que consigue sacudirnos físicamente y también conmover.

Ford v Ferrari llega a las salas del mundo apenas unas semanas después de que Scorsese y Coppola iniciaran un airado debate sobre cómo Marvel y los films de paladines en calzas de colores están “matando” el cine. Y si hay algo que en este panorama llama especialmente la atención es que Mangold consiguió dar forma con esta historia a una película que pertenece a esa clase media de Hollywood (es decir, ni derroche multimillonario ni drama intimista para veinte espectadores) que parece estar en vías de extinción.

Una película muy clásica en su concepción narrativa, que se sostiene sobre sus personajes y sus circunstancias, y que parece inspirada en títulos como:
Grand Prix (de John Frankenheimer, estrenado ese mismo año clave de 1966);
Le Mans (que ponía en escena toda la pulsión de muerte que rodea este durísimo evento, y estaba protagonizado en 1971 por uno de los mayores fanáticos de los autos de competición que haya habitado la fauna hollywoodense: Steve McQueen);
Línea roja 7000 (de Howard Hawks con James Caan, que narraba en parte la angustia de las mujeres y familias de los pilotos que se exponían a perder la vida en sus tan viscerales trabajos), o
Quinientas millas (con el otro gran galán-corredor; Paul Newman, que casi 30 años más tarde retomaría ese lugar a través de su trabajo vocal para la animada y exitosísima
Cars). Es decir, modelada sobre el pulso vibrante, emocional y físico de cualquiera de estas películas antes que en la saga megamillonaria de
Rápidos & furiosos, en con autos que caen desde aviones o saltan entre rascacielos. A su vez,
Contra lo imposible no reniega de la tecnología de filmación y edición que permite meternos en la pista a la par de los corredores para sentir, aunque sea parcialmente, su adrenalina, esa sensación de estar siempre al borde que es, vale repetirlo, el combustible que parece animar a sus personajes.


Los pilotos se dirigen hacia sus autos para la largada, el 18 de junio de 1966 Fuente: AFP

“En una época de películas que están increíblemente potenciadas a través de los efectos digitales -dice Mangold en una entrevista- mi desafío era hacer algo que fuera profundamente análogo, real y sórdido y que tuviera toda la fuerza y la sexualidad de estas bestias: los autos y sus motores, el peligro”. Junto con el director de fotografía Phedon Papamichael, Mangold buscó replicar visualmente la pregnancia de esos citados films de los 60 y 70, “en lugar -dice Papamichael- de las interpretaciones contemporáneas de los films de autos de carrera: nada de movimientos exagerados, mantener siempre cierta intimidad mediante el uso de primeros planos y nunca perder el punto de vista de los personajes. Es decir, las técnicas de cámara de la época”.

A la hora de la carrera en sí, por supuesto, la película golpea como esperamos que lo haga. Dice Mangold: “Los últimos 40 minutos están diseñados para que el espectador entienda la idea de lo que es correr una carrera que dura un día entero; que sienta lo que sería tratar de conducir día y noche, con sol o en la lluvia, más rápido y durante más tiempo del que podés mantenerte despierto”.


La película parece inspirada en clásicas del género como Grand Prix (1966), Le Mans (de 1971, protagonizada por un fan de los autos de competición, Steve McQueen, foto) y Línea roja 7000 (1965), entre otras

“Esta es una película acerca de personajes que luchan por la excelencia”, dice también el director en las notas oficiales de producción de la película, y sonará a verso promocional, pero es cierto que Shelby y Miles se convierten después de un rato en el corazón del relato, dejando de lado la historia de la rivalidad con los italianos. “Son dos personajes que intentaron ir en contra de una forma de pensamiento corporativo y de mercado, una pelea esencial hoy, en los EE.UU. del siglo XXI”, que han abandonado el tipo de “riesgo y el salto instintivo que requirió la creación de muchas de las cosas que hoy definen a nuestro país”.

Si bien
Contra lo imposible ridiculiza al principio la arrogancia de Enzo Ferrari, hace lo propio -por otros medios y en paralelo- con sus contrapartes americanas, para luego abandonar esa guerra e identificar el verdadero villano de su historia: la mentalidad burocrática, encarnada en el jefe de marketing de la empresa, Leo Beebee (Josh Lucas).

El resto es el embate sensorial y emocional de este relato, que termina de cobrar sentido sobre las secuencias finales, cuando el piloto más increíble del mundo consigue, superando las 7000 revoluciones por minuto, hacernos sentir que el mundo alrededor es un fantasma, y el cine vuelve a ser ese impulso que se mueve a través del tiempo y el espacio.

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